sábado, 25 de febrero de 2012

El Clásico cultural del Centro de México (Teotihuacan VII)



Pirámide de la Luna

En el extremo septentrional del eje central de Teotihuacan la pirámide de la Luna se alza imponente, algo más pequeña que la del Sol, pero la elevación del terreno donde fue construida la aupa hasta poner sus cimas al mismo nivel. Sus medidas están entre los 150 metros de oriente a poniente y los 130 de norte a sur, con una amplia escalinata que sube sus cinco cuerpos hasta completar los 35 metros de altura, más los 10 del templo. Su fachada principal queda complementada por un basamento adosado que comienza desde la Plaza de la Luna, donde una serie de doce plataformas o pirámides secundarias casi rigurosamente simétricas, las mismas que se sitúan frente a la pirámide del Sol, fueron construidas posteriormente a la pirámide en una época en la que el patrón del talud-tablero ya estaba firmemente establecido.

Palacio de Quetzalpapálotl

El Palacio de Quetzalpapálotl, o de las Mariposas, toma su nombre de las criaturas de gran contenido simbólico, mitad pájaros mitad mariposas, que adornan en relieve las piedras de los 12 pilares cuadrangulares que componen el patio donde está enclavado. Detrás de una plataforma situada en el lado occidental de la plaza de la Luna. De todas las construcciones levantadas en su época, en el periodo Teotihuacan III, es la que mejor se conserva. Su estructura primaria no fue la que conocemos en la actualidad, fue levantado sobre otra edificación que recibe el nombre de Templo del Jaguar, por el felino que aparece representado en su pintura mural.

Templo de Quetzalcóatl

La Calzada de los Muertos continúa imponente su trazado, provocando una sensación abrumadora cuando se transita por ella. La misma sensación que debieron sentir los aztecas cuando decidieron asignar Teotihuacan a su mitología con el nombre de "Lugar de nacimiento de los dioses". En el extremo opuesto a la pirámide de la Luna, el Templo de Quetzalcóal se levanta orgulloso, como uno de los ejemplos más ricos e interesantes de la arquitectura teotihuacana. Perteneciente al periodo Teotihuacan II, fue construido alrededor del año 200 d. C. y comparte características con el Palacio de Quetzalpapálotl, su fachada se construyó sobre otra ya existente. Se localiza en el gran patio hundido conocido como La Ciudadela, al sur de la pirámide del Sol y en su mismo lado. Del templo original queda su fachada occidental, única entre los monumentos del México antiguo.

Separados entre sí por un talud muy corto, 6 tableros de piedras finamente cortadas dan forma a la pirámide de Quetzalcóatl, con una enorme escalera cuyas barandillas se decoran con colosales cabezas de serpiente esculpidas que se van alternando en el centro de los tableros con otras de una divinidad relacionada con la lluvia y el maíz, Tláloc. Un hermoso ejemplo de armonía entre la arquitectura y la escultura, donde cada cabeza de serpiente se prolonga hacia los lados con su cuerpo cubierto de plumas, que remata con la cola de serpiente de cascabel después de pasar ondulando por entre conchas marinas.

La Ciudadela

El patio o plaza que recibe el nombre de La Ciudadela consiste en un espacio de forma cuadrada, con unas medidas de 400 metros de lado. La plaza queda coronada por una serie de pequeñas pirámides que a modo de fortaleza dejan hacia el sur a la pirámide de Quetzalcóatl, en la que también se realza un protagonismo compartido a modo de recordatorio del dios Tláloc. La Ciudadela recoge entre sus 160.000 metros cuadrados tres grandes espacios habitacionales y 18 basamentos piramidales, entre ellos el de Quetzalcóatl.

Juego de pelota

El juego de pelota o Tlachtli tenía un carácter religioso entre los pueblos prehispánicos de Mesoamérica. El juego consistía en el enfrentamiento de dos equipos que tenían como razón principal la de meter una pelota de caucho que rondaba los tres kilogramos de peso por entre un anillo que se encontraba en la pared o talud. Las normas del juego no permitían que los jugadores pudiesen tocar la pelota con las manos, los pies o la cabeza, sólo la podían tocar con los hombros, la espalda o las caderas. Ganaba el juego el equipo que conseguía pasar la pelota por el anillo.

Las canchas del Tlachtli estaban muy extendidas por entre las culturas mesoamericanas con un patrón generalizado, una característica que no se da en Teotihuacan, pero no por eso, aunque algunos autores son muy reacios a aceptarlo, dejaba de ser una práctica muy arraigada. Se supone que, en Teotihuacan, el juego se desarrollaba en los cinco recintos que forman las escalinatas transversales de la Calzada de los Muertos.

Se sabe con seguridad que eran conocedores del juego, así como que lo practicaban, la prueba de ello es la representación por dos veces en el fresco del Paraíso de Tláloc. Sin embargo, la ausencia de canchas tradicionales alimentan diferentes teorías, entre las que se encuentra la posibilidad de que desarrollaran otra modalidad de juego, la que consistía en utilizar unos bastones de madera para golpear la pelota con el fin de hacerla llegar a la meta contraria. Lo que sí se tiene claro es de la utilización de marcadores de resultados, la prueba palpable es el que se descubrió en La Ventilla.



Creative Commons License
This work is licensed under a
Creative Commons Attribution-NoDerivs 2.5 Licen

miércoles, 22 de febrero de 2012

El Clásico cultural del Centro de México (Teotihuacan VI)


Arquitectura

La arquitectura de Teotihuacan se nos descubre como la más importante de las manifestaciones artísticas de esta cultura, que destaca por encima de otras expresiones por su cantidad, dimensiones, calidad, técnica, y sobre todo por su proporcionada belleza. En la gran metrópoli del Clásico encontramos templos, palacios, mercados, viviendas colectivas e individuales, y hasta juegos de pelota especialmente alejados de lo común en otras culturas mesoamericanas.

Siguiendo las técnicas de construcción hallamos que en los primeros siglos los basamentos se construían escalonados en talud; más tarde el sistema empleado en los basamentos sufrió una modificación con unas características que llegaron a constituirse en una seña de identidad de la arquitectura teotihuacana, cada cuerpo pasó a tener un tablero saliente sobre un talud bajo que decoraban con relieves o pinturas.

Las diferentes técnicas de construcción empleadas en Teotihuacan van unidas a las distintas capas sociales existentes. En ellas evidenciamos que para los mejores edificios se utilizaban sillares perfectamente cortados y labrados, tan bien ajustados que no necesitaron ningún tipo de mortero. De una calidad algo inferior son las construcciones de mampostería o de adobe que revestían de piedra, revocadas y pintadas. Las modestas se levantaban con adobe mientras que las humildes se hacían de varas. En cuanto a los techos también existen claras diferencias; para las de más calidad, como templos y palacios, se utilizaban vigas de madera, terrado y revocado; en cuanto a las viviendas más pobres eran la paja y el zacate lo que servían de techumbre.

La llamada Calzada de los Muertos, que constituye el eje central de la ciudad con una anchura de 40 metros, se realizó en el periodo Teotihuacan I y no es precisamente lo que su nombre determina, ya que su parte central consiste en una serie de plazas rectangulares separadas por escaleras que intencionadamente superan el desnivel del suelo existente de 30 metros entre los extremos, con inclinación de Sur a Norte. En cuanto a los muertos tampoco se puede decir que tengan una relación directa, pues son pocas las tumbas encontradas en dicho trazado. El nombre le viene impuesto por los mexicas, Miccaotli, a partir del siglo XIV, cuando entraron a la ciudad y vieron los basamentos piramidales como montículos cubiertos de tierra y vegetación, creyendo que se trataban de tumbas.

La Calzada de los Muertos queda dominada en su parte septentrional por la Pirámide de la Luna; siguiendo hacia el sur es la Pirámide del Sol la que se sitúa a un lado de la calzada que, siguiendo la misma dirección, nos lleva hasta el complejo conocido por La Ciudadela después de haber cruzado el río San Juan.

Pirámide del Sol

La pirámide del Sol está considerada como una de las mayores construcciones del mundo. Su base, casi cuadrada, tiene unas medidas de 222 x 225 m. y 65 m. de alto, a lo que hay que añadirle 10 metros más del templo que la coronaba y que no existe en la actualidad, solo quedan los cimientos. El núcleo de la pirámide es de adobe y tierra, con su exterior cubierto por piedras cortadas sin tallar. Está formada por cinco grandes cuerpos constituidos por taludes escalonados y no tiene ningún tablero.

La gran altura de esta edificación condicionó algunos aspectos que la hicieron diferente al resto de construcciones monumentales llevadas a cabo posteriormente en la gran urbe. Una de estas características propias de la Pirámide del Sol es la escalera que conduce a su cima, dividida en sesiones y separada por plataformas planas. Sus escaleras están limitadas por anchas fardas y la más ancha tiene una anchura de 17 m. La imagen que antaño proyectaba no tiene mucho que ver con la de la actualidad, habría que imaginársela revestida de estuco coloreado.

Bajo la gran Pirámide del Sol, en su subsuelo, se encuentra la cueva natural donde tradicionalmente moraba Tláloc, el dios de la tierra. El santuario subterráneo fue descubierto por Ernesto Taboada, quien en 1971 localizó los restos de una escalera que conducía hasta la cueva-túnel que termina en una serie de cuatro cámaras en forma de trébol, con muros hechos por el hombre. Otro elemento que diferencia a la Pirámide del Sol del resto del sitio es el muro y el canal de 3 m. de ancho por sus tres lados que la rodeaban para separarla y darle así un carácter más sagrado.





Creative Commons License
This work is licensed under a
Creative Commons Attribution-NoDerivs 2.5 Licen

sábado, 18 de febrero de 2012

El Clásico cultural del Centro de México (Teotihuacan V)


Organización política, social y económica

El teocrático fue, principalmente, el tipo de gobierno por el que los teotihuacanos se regían. La clase sacerdotal era la que atesoraba los conocimientos científicos por los que los teotihuacanos se guiaban, fundamentales para la supervivencia, pues entre otras cuestiones la agricultura estaba supeditada a lo que los sacerdotes mandaban, según leían en la interpretación de las estrellas.

La sociedad teotihuacana estaba organizada de forma jerárquica, aunque realmente eran tres los estratos o grupos en los que estaban diferenciados. En la cima del poder se situaban el gobernante y su familia, la nobleza; a continuación los funcionarios administrativos y los religiosos, también considerados nobles y a los que se les atribuye un importante poder económico. Este grupo social era el que disfrutaba de más privilegios, el que se encargaba de la administración de las ciudades y el mantenimiento del control social. Seguidamente eran los artesanos y comerciantes y por último la mayoría de los habitantes teotihuacanos, los agricultores. No se sabe con certeza el poder que los militares podían ejercer en la organización social, aunque las estimaciones generales les consideran pertenecientes al grupo de la élite.

También la creencia generalizada entre los estudiosos apoya la semejanza de la organización social teotihuacana con la de los mexicas, en la que existían lazos de sangre y una política económica común. Así mismo, se desconoce si realmente Teotihuacan gobernaba territorialmente a los pueblos sometidos por la ciudad, lo que se supone es el férreo control que debió existir sobre las poblaciones aledañas, tanto en tributos a la capital como en la construcción y conservación de la gran urbe.

Lo que sí se tiene por asumido es el carácter multiétnico que existió en la metrópoli, divididos por barrios que mantenían vivas las costumbres y lenguas entre cada grupo étnico. Otros datos sobre los estudios llevados a cabo en cuanto a la densidad de población revelan que, de los más de 300.000 habitantes que llegó a tener la Cuenca de México entre los años 300 y 750 d. C., entre 200.000 y 230.000 vivían en la ciudad de Teotihuacan. El resto de la población se distribuía entre los nueve centros provinciales, 17 aldeas grandes, 77 aldeas pequeñas y 149 caseríos.

La economía de los teotihuacanos se basaba prácticamente en la agricultura. Sus cultivos eran principalmente de maíz, frijoles, amaranto, pimientos, tomates y calabazas. Las formas más comunes de cultivar estos productos básicos eran en terrazas y regadíos. En 1.954, mediante estudios fotográficos desde el aire, fueron detectados la existencia de unos sistemas de regadíos que distribuían el agua que provenía del actual estado mexicano de San Juan Teotihuacan, alimentados por los ríos subterráneos de Cerro Gordo. De todas maneras y casi con toda seguridad, tanta ingeniería hidráulica no sería suficiente para producir tanto alimento como la densa población de la región demandaba, por lo que posiblemente muchos alimentos fueron importados desde otras regiones.

La crianza de pavos y perros, así como la recolección de bayas de enebro, juncos, verdolagas, nopales y algunas hierbas, junto a la caza de animales como el ciervo de cola blanca, el conejo o aves acuáticas, también fueron parte importante de la alimentación teotihuacana.

No se puede olvidar la importancia del comercio en la economía teotihuacana. El gran yacimiento de obsidiana cercano a Teotihuacan, el más grande de toda Mesoamérica, les proporcionaba el material suficiente para la fabricación de herramientas, así como la esencial arcilla (basalto, adobe y toba) que proporcionaba su territorio empleada en la construcción y la fabricación de cerámica, les permitía los materiales necesarios para la fabricación de objetos que intercambiaban por otros productos como algodón, cacao, hematita, jade, turquesas o cerámicas de otras regiones. El comercio teotihuacano mantenía lazos con zonas tan distantes como las tierras bajas mayas, el altiplano guatemalteco, el norte de México o la costa del Golfo de México.

Religión

Es muy poco lo que se conoce respecto a las creencias religiosas de los teotihuacanos. Es más producto de la imaginación de los arqueólogos y estudiosos que lo que realmente se ha encontrado en evidencias. De todas maneras, se supone que esas creencias no serían muy diferentes a las de las que tendrían los restantes pueblos mesoamericanos.

Lo que la cerámica, algunas pinturas murales o esculturas, nos han mostrado es que su religiosidad debió de contar con complejos rituales así como con una buena organización sacerdotal. Eran éstos, los sacerdotes, los que se encargaban de los rituales y el culto a los dioses, especialmente a Tláloc, el dios de la lluvia, a quien se tenía como deidad principal, quien contenía todo el poder divino, bajo el cual estaban todas las fuerzas de la naturaleza, el mundo animal y el vegetal. También rendían culto a otras deidades como Chalchiuhtlicue, diosa del agua, a Huehuetéotl, el dios viejo, o Quetzalpapálotl, el dios mariposa.

Entre los rituales teotihuacanos se encontraban los sacrificios, humanos y de animales. Se supone que las víctimas escogidas como ofrecimiento a sus dioses se hallaban entre los prisioneros de guerra, a los que decapitaban y les quitaban el corazón, asesinaban a golpes o enterraban vivos. Los sacrificios eran el ofrecimiento en conmemoraciones cuando los edificios administrativos se ampliaban, rituales con los que se aseguraban la prosperidad de la ciudad. En cuanto a los animales que sacrificaban como ofrecimiento a sus dioses se encontraban los que consideraban sagrados: el puma, lobo, águila, halcón, buho o serpientes, entre otros.


Creative Commons License
This work is licensed under a
Creative Commons Attribution-NoDerivs 2.5 Licen

lunes, 6 de febrero de 2012

El Clásico cultural del Centro de México (Teotihuacan IV)


Expansión

En el apartado expansionista de Teotihuacan también existe debate. La discusión se centra en la posibilidad militarista, si su influencia realmente constituyó un poder imperial, no así en la parte comercial y cultural, en este apartado no existen dudas. Ya fuese por una razón o por otra, por el sometimiento bajo control militar o por sus nexos comerciales, lo cierto es que estuvieron obligados a tener enclaves en otras regiones mesoamericanas. La necesidad de obtener materias primas y productos alimenticios hizo de los teotihuacanos un pueblo comerciante, cuyos lazos se extendieron desde Nevada, en los Estados Unidos, hasta Colombia, en América del Sur.

Mucho se ha hablado en cuanto a la existencia de un territorio puramente teotihuacano, una posibilidad en la que parece reinar el consenso, otra cosa sería cuales fueron los límites de ese supuesto territorio. La influencia teotihuacana fue muy extensa, muy variable, y entre todas esas zonas tan distantes siempre surgen discrepancias respecto a las discutibles influencias, a veces tan parecidas a la cultura del centro que invita a pensar en la probabilidad de que pudieran haber estado sometidas al control físico.

Este hipotético territorio teotihuacano comprendía el Valle de México, junto con la parte suroriental del estado de Hidalgo, en torno a Pachuca, y hasta Tulancingo en el noroeste. La hipótesis se basa en que en esta región no se encuentra una fusión cultural que marque lo autóctono de la zona y la influencia llegada de fuera, la única existencia son todos los rasgos típicos de Teotihuacan.

La cerámica que se producía en la zona teotihuacana fue uno de los objetos más rentables a la hora de comercializar con otros productos, de la que se han encontrado restos más allá de las fronteras estadounidenses y en la parte sur del continente americano. Así mismo, otros artículos elaborados con obsidiana, como herramientas (cuchillos, taladros, raspadores, etc.) y armas (dardos y flechas), también se comercializaron tan lejos como su bella cerámica.

Ante el gran auge poblacional y la necesidad de acaparar materias primas con las que satisfacer las demandas, es lógico que la actitud expansionista les llevara a controlar algunas regiones del Altiplano Central que por sus riquezas en determinados productos siempre fueron codiciadas. Como es el caso del actual estado de Hidalgo, donde se encontraban grandes yacimientos de obsidiana, en Otumba y en la Sierra de las Navajas, cercano a Pachuca, de los que se extraía el material con el que fabricar los objetos, tanto suntuarios como de culto y utilitarios, que resultaban tan importantes para el comercio y el desarrollo económico de la gran urbe.

De igual manera, lo mismo que ocurría con las regiones donde se encontraba la obsidiana, los yacimientos de caliza obligaban a ejercer un control inmediato sobre ellos, cerca de Tula. En esta región, en lugares como Chingú o el sitio 83, se han encontrado restos arqueológicos de antiguos asentamientos teotihuacanos que seguramente jugaban un papel relevante en el control del área y por lo tanto de su materia prima tan solicitada. Sólo hay que imaginar la gran cantidad de cal que necesitaba la gran ciudad como para hacerse la idea de la importancia de tener dicha roca bajo su control directo.

También el actual estado de Guerrero fue una región que estuvo bajo el control directo de la ciudad estado. La abundante existencia de piedras verdes en su suelo, a la que los teotihuacanos le otorgaban un gran valor simbólico, hizo de este territorio una necesidad casi imperiosa.

El control de las materias primas era sin duda una cuestión primordial para el comercio teotihuacano, que no se hubiese beneficiado de esa expansión de no haber sido por el control de las rutas comerciales que les permitían llegar con sus mercancías a los lugares más distantes. Entre estas rutas existía una muy definida que llegaba hacia el norte de la región totonaca en la Costa del Golfo, atravesando los sitios teotihuacanos de Tepeapulco y Huapalcalco, en Hidalgo.

Algunos puntos estratégicos no se pueden dejar en el olvido, como es el caso del Valle Poblano-Tlaxcalteca, en donde se levanta Cholula, la ciudad sagrada que tuvo un desarrollo contemporáneo a Teotihuacan pero que continuó su evolución más allá de la decadencia de la gran metrópoli. Cholula ocupó un lugar privilegiado en el paso hacia la región oaxaqueña y la Costa del Golfo. Entre los restos arqueológicos se han encontrado materiales y una arquitectura similar a la de Teotihuacan, pero que no se tiene por una relación de sojuzgamiento, si no que el intercambio comercial pudo cobrar aquí mayor importancia.

Así mismo Matacapán, en la región de Veracruz, ocupó una posición importante como punto estratégico en el paso hacia las regiones costeras. Los elementos encontrados en este asentamiento nos invitan a pensar que allí hubo un enclave teotihuacano. Arquitectura con talud y tablero, áreas residenciales con corredores y cuartos alrededor de patios, entierros flexionados debajo de los pisos, cerámica semejante a los de la urbe y la diferencia de un grado en la orientación de los muros en comparación con Teotihuacan, nos empujan a pensar en esta posibilidad.

La influencia de Teotihuacan también la encontramos en otros lugares tan míticos como Monte Albán, que llegó a tener una fuerte relación con la gran ciudad del Centro de México. La ciudad zapoteca tiene presencia teotihuacana a la vez que Teotihuacan también muestra los destellos de la cultura zapoteca en el barrio oaxaqueño. Monte Albán y Cholula fueron, junto a Teotihuacan, las ciudades más pobladas de la superárea cultural mesoamericana en el Clásico Temprano.

Otras regiones de Mesoamérica, como el Occidente de México o el Área Maya, también recogen presencia de la influencia teotihuacana. En la primera podemos comprobarlo en la arquitectura de Ixtépete, donde se aprecia el orden típico del talud y el tablero, aunque con unas características muy propias. En la región mayense lo evidenciamos en sitios como Acanceh en Yucatán; Tikal, Uaxactún y Kaminaljuyú en Guatemala; y Copán en Honduras.



Creative Commons License
This work is licensed under a
Creative Commons Attribution-NoDerivs 2.5 Licen

El Clásico cultural del Centro de México (Teotihuacan III)


Declive y éxodo teotihuacano

La cronología de la "ciudad de los dioses" indica que con la llegada de las tribus chichimecas el caos se adueñó de la gran metrópoli y de sus pobladores y, en esto coinciden la mayoría de los especialistas en el tema, colapsada la sociedad se produjo un éxodo repentino que redujo la población a sólo unos cuantos miles de habitantes que vivían desordenadamente entre las ruinas de lo que fue la gran capital cultural del Altiplano Central. También la creencia general se basa en que la población se dispersó, aunque se continuó cultivando intensamente en el valle circundante, su apoyo recae en las numerosas y pequeñas aldeas que han encontrado los arqueólogos pertenecientes al periodo inmediatamente posterior, al periodo tolteca. La teoría de una posible sequía que afectara a la agricultura e hiciera inviable el sostenimiento de la población se derrumba por su propio peso, porque como apuntó McClung de Tapia, no existen indicadores que afiancen dicha teoría, al contrario, en la época de decadencia de Teotihuacan se observó un aumento de la humedad en el entorno de la ciudad.

Así mismo, la hipótesis generalizada achaca la decadencia y espantada migratoria de Teotihuacan a la clase sacerdotal, estimando que ante la posibilidad de verse imposibilitados para continuar con el control político decidiera cambiar su residencia a alguna de las ciudades satélites de Teotihuacan. Habría que tener en cuenta que el grupo sacerdotal era el depositario de todos los conocimientos, es por lo que se cree que las instituciones se colapsaron y entraron en una repentina fase de rápido deterioro.

Sin embargo, como nada queda claro en este último episodio de Teotihuacan, los enigmas generan dudas y éstas posibilidades y teorías en cuanto a lo que realmente sucedió. Otros estudios sitúan el principio del éxodo mucho antes de que aparecieran los bárbaros del norte, alargándose hasta la fase Xolalpan o Teotihuacan III. Estos estudios revelan que tal emigración se inició en el año 500 de nuestra era, por lo tanto en pleno esplendor teotihuacano. Son creencias respaldadas por los trabajos arqueológicos en el norte de Morelos, cuyos restos cerámicos encontrados lo evidencian.

Como no podría ser de otra manera, también en torno a estos hallazgos existe debate en cuanto al origen e identidad de los portadores que introdujeron la cerámica Coyotlatelco. En lo que sí parece que hay consenso es en la coincidencia con el declive teotihuacano y en que estos grupos procedentes de la gran urbe se fusionaron con pobladores locales perdiendo de esta manera su identidad cultural, probablemente como una manera de escapar de lo que pudiera haber sido un régimen opresor.

Otro dato arqueológico que revela los diferentes rumbos que tomaron los habitantes teotihuacanos, en la paulatina huida durante la fase Metepec, es la preferencia por zonas o regiones situadas fuera del alcance de la influencia de la gran ciudad. Este detalle nos empuja a pensar que realmente la huida migratoria no era de la propia ciudad si no de todo lo que representaba política y culturalmente.

Aquellos grupos que decidieron durante prácticamente un siglo emigrar a territorios más allá del alcance de las garras culturales teotihuacanas lo hicieron a conciencia, no fueron destinos al azar, como lo demuestra que se dirigieran hacia el sur y poniente, hacia pueblos fuera de la esfera de influencia, como el oriente del Anáhuac, el norte de Morelos, el valle de Tlaxcala y el valle de Toluca. En aquella época los dominios de la metrópoli se centraban en el norte de la Cuenca de México.

la cerámica de Coyotlatelco nos muestra los distintos rumbos que tomaron los emigrantes teotihuacanos, así como su reacomodo demográfico. La difusión de esta cerámica hacia el valle de Toluca se desarrolló entre un grupo de poblaciones localizadas entre Azcapotzalco y Escatepec. Otro grupo se estableció en la cuenca de Chalco-Xochimilco. Uno de los más importantes quizás sea el que se concentró en torno a Portezuelo, posiblemente uno de los asentamientos más numerosos en la cuenca de México durante el Epiclásico.

La difusión de la cerámica Coyotlatelco no se quedó dentro de los límites geográficos de la cuenca de México, además de estos puntos expuestos anteriormente y del grupo que no emigró y quedó viviendo entre las ruinas de la esplendorosa ciudad de otro tiempo, ocupando los conjuntos residenciales arruinados, también se han encontrado restos cerámicos en menor proporción en lugares como Tula, Cacaxtla, Cholula y Xochitécatl.

Con la decadencia de Teotihuacan otras ciudades comenzaron a florecer en el centro de Mesoamérica, un hecho que para algunos autores pudo ser un factor determinante, otra posible teoría, que perjudicó a la gran ciudad y contribuyó al colapso que le llevó a la decadencia y desaparición. Estas ciudades que surgieron a su alrededor, como una corona, se situaron en puntos estratégicos de las rutas comerciales más importantes de Mesoamérica en aquel tiempo. Xochicalco en el valle de Morelos, Teotenango en el valle de Toluca, Cacaxtla en el valle de Tlaxcala, Cantona en el oriente y El Tajín en el paso hacia La Huasteca.

Creative Commons License
This work is licensed under a
Creative Commons Attribution-NoDerivs 2.5 Licen

sábado, 4 de febrero de 2012

El Clásico cultural del Centro de México (Teotihuacan II)


Cronología e historia

Como se a de suponer, no siempre el sitio de Teotihuacan fue monumental, antes de que se iniciara la construcción de lo que más tarde sería la futura gran ciudad, en el Valle de Teotihuacan existió una fase premonumental, un periodo prehistórico de 400 años aproximadamente (600 a 200 a. C.) en el que llegaron a vivir alrededor de 6000 aldeanos diseminados en pequeños grupos de agricultores que labraban la tierra, pescaban, cazaban y recolectaban frutos en los alrededores del lago Tetzcoco. La que llegaría a convertirse en la ciudad más grande de toda la América precolombina comenzó a construirse allá por el 150 d C., y hasta su declive, en el 750 d. C., pasó por un desarrollo que se divide en cuatro fases diferentes, que se denominan de la siguiente manera:

Teotihuacan I o fase Miccaotli 150 - 200 d. C.
Teotihuacan II o fase Tlimamilolpa 200 - 400 d. C.
Teotihuacan III o fase Xolalpan 400 - 650 d. C.
Teotihuacan IV o fase Metepec 650 - 750 d. C.

La historia de Teotihuacan siempre va marcada por el enigma y, como ya expuse anteriormente, siempre que nos situamos en sus orígenes aparecen las interrogaciones por todas partes. Sólo las suposiciones nos hacen creer que aquellos poco más de 5000 habitantes, que vivían en las dos aldeas sobre las que comenzó a construirse "la ciudad de los dioses" o "lugar de endiosamiento", tal y como se traduce el significado náhuatl de Teotihuacan, procedieran de dos diferentes áreas mesoamericanas, los nahuas originarios de Occidente y los totonacas de la Costa del Golfo.

Estas estimaciones de procedencia se sitúan en las claras influencias que aparecen en la primera fase, en la cerámica y las figurillas. En estas expresiones se recogen las similitudes con las de las culturas de Chupícuaro (Bajío) y Remojadas (Veracruz), la primera atribuida a los nahuas y la segunda a los totonacas. A estas dos influencias de inicio se suma una tercera en pleno auge, que coincide con el declive de Cuicuilco.

La fase Miccaotli marca los principios de una gran urbe. En este periodo cultural teotihuacano se construyeron las pirámides de la Luna, excepto el último nivel que se construiría en la segunda fase, y la del Sol, revestidas de estuco y orientadas hacia los puntos cardinales, en la misma modalidad que establecieron para otras construcciones, talud y tablero, templos como el de Quetzalcóatl o el de la Agricultura o los edificios denominados subterráneos.

En la fase de Teotihuacan I se construyeron 23 complejos de templos, entre ellos los más llamativos, como las pirámides llamadas por los mexicas del Sol y la Luna, aunque se cree que éstas no estuvieran en sus inicios dedicadas al culto del sol y la luna. Cuando los mexicas llegaron a Teotihuacan, los que denominaron a las pirámides con los nombres que se les conocen hoy, fue siglos después de que los teotihuacanos abandonaran la ciudad, desconocían a qué origen étnico pertenecían sus constructores y pobladores y a qué divinidad estaban dedicados sus templos. Fue la propia creencia legendaria y religiosa mexica la que les hizo creer que en aquel sitio se había realizado la creación del Quinto Sol. Al finalizar esta primera fase se calculan que habitaban la ciudad entre 40.000 y 50.000 personas, la mayoría en la parte noroeste de su perímetro final, donde existía un poblado de unos tres kilómetros cuadrados de extensión.

En Teotihuacan II o fase Tlamimilolca, el desarrollo de la ciudad-estado la transformó en una metrópolis con ramificaciones más amplias, se inició la gran expansión y quedó marcada por su sorprendente urbanismo con un eje principal, La Calzada de los Muertos. Hacia ella llegaron grupos de personas de otras regiones atraídas por la influencia que ejercía en todo el México antiguo. La actividad constructora se concentró más allá de la Pirámide del Sol, en la parte meridional de la ciudad, y los límites metropolitanos cubrían un área máxima de 20 kilómetros cuadrados. En este tiempo se construyeron edificios como el Templo de Quetzalcóatl, el mercado principal y el último nivel de la Pirámide de la Luna.

En esta segunda fase, además de ser importante arquitectónica y monumentalmente, también surgieron otras corrientes culturales, como en el caso de la cerámica, en la que se popularizó un tipo de cerámica conocida como anaranjado delgada, llamada de esta manera por el color del fino barro con el que se elaboraba y por su grosor, a veces tan delgada como un cascarón de huevo.

Teotihuacan III fue el periodo de tiempo de mayor esplendor de la gran ciudad. Llegó a tener una población de 200.000 habitantes y florecieron en ella todas las artes, así como la artesanía y el comercio. Se continuó la construcción de grandes edificios de la clase dirigente en La Calzada de los Muertos y se reconstruyeron o cubrieron otros con nuevas estructuras añadidas, como en el caso del Templo de Quetzalcóatl o la Pirámide de la Luna. Aparecieron los nuevos barrios residenciales entorno al centro ceremonial y en la periferia proliferaron las chozas de las clases más bajas. En la fase Xolalpan Teotihuacan se convirtió en el centro cultural de mayor relevancia en el Altiplano Central e influyó en las restantes culturas de la superárea cultural mesoamericana.

En Teotihuacan IV o fase Metepec la protagonista es la decadencia. En este último siglo de la historia teotihuacana el declive se fue consumando y se dejaron de construir nuevos edificios, así como las artes quedaron estancadas en un proceso decadente, un retroceso que acabó coincidiendo con la destrucción del centro ceremonial por parte de las tribus chichimecas, los grupos bárbaros del norte de bajo nivel cultural que irrumpieron en Teotihuacan destruyendo y quemando la ciudad. Al igual que en sus orígenes, también en su decadencia el enigma está presente, el misterio que rodea al motivo que causó el deterioro paulatino de la gran ciudad del Altiplano Central.

Creative Commons License
This work is licensed under a
Creative Commons Attribution-NoDerivs 2.5 Licen