jueves, 21 de octubre de 2010

Entre Ticos y Nicas


Entre ticos y nicas, y para concretizar, entre josefinos y managuas, por ser los gentilicios de los ciudadanos capitalinos de los dos países, Costa Rica y Nicaragua, existe una rivalidad como en cualquier parte del mundo cuando se refieren a vecinos. Nicaragua y Costa Rica no se llevan mal, son dos naciones soberanas con identidad propia que, más que separarlos, son muchas razones y puntos en común los que los unen, los hermanan. Es evidente, cuando uno pasea por estas dos ciudades, que la diferencia apenas existe, en cuanto a rasgos raciales y costumbres o tradiciones cotidianas. Sin embargo, esta sana rivalidad que se evidencia cuando, desde cada lado de la frontera que los separa política y geográficamente, se inclinan por sacar al aire los trapos sucios de cada uno, se descalifican y catalogan siempre degradando la idiosincrasia de cada cual con sambenitos maliciosos, como en reunión de vecindonas que se sacan a espaldas de la otra defectos atribuidos que no siempre andan por la senda de la verdad, más bien caminando de puntillas como funámbulo inseguro por el alambre de los tópicos, pero que no son barreras suficientes como para que entre los ciudadanos de ambos países se formen uniones familiares en distintos territorios, con más frecuencia de lo que a primera vista pudiera parecer.

Entre el estado laboral y económico de Nicaragua y Costa Rica existe una diferencia clara, Costa Rica se sitúa un punto por encima de Nicaragua en lo que se refiere a la realidad social que disfrutan sus ciudadanos, los datos de emigración por parte de nicas hacia el país vecino lo ponen de relieve. Se estima que ronda los 800.000 ciudadanos los que viven y trabajan en Costa Rica, de los cuales entre 300.000 y 350.000 están legales, es decir que están nacionalizados o que residen legalmente.

El nivel social que se disfruta en Costa Rica se nota en las calles de San José, populosas y dinámicas, en sus fachadas coloristas y adornados escaparates de los comercios, que ofrecen a los consumidores una gran variedad de productos nacionales y de importación. En su estética se mezcla lo autóctono y lo foráneo, lo tradicional y lo importado por la globalización en un escenario de capital con un nivel discretamente desarrollado, si comparamos con otras ciudades de occidente, de Europa o América del norte. Por parte de Managua, en lo que pude deducir en relación con su homóloga, ofrece la misma dinámica popular, sus calles muestran el mismo colorido que las identifican con respecto a otras ciudades de latitudes alejadas. Sin embargo, la capital nicaragüense no ofrece la misma vistosidad en sus comercios y escaparates, aunque sí se mezclan, al igual que en San José, las mercancías del país y de otros mercados internacionales. Los productos que se pueden encontrar en sus comercios son los mismos que al otro lado de la frontera, no así la misma alegría por parte de sus ciudadanos a la hora de adquirir ciertos artículos comerciales.

Existe una relativa similitud en cuanto a transporte público, de un tiempo a esta parte los buses de Managua se van sustituyendo por otros más remozados, que daran a la ciudad otra percepción más renovada y más acorde con lo que sus ciudadanos demandan, lo que poco a poco los iran comparando a los de San José. Relativo a otros transportes como es el taxi, no hay mucha diferencia, en las dos ciudades se echan de menos los taxímetros, que marquen el importe real que tiene que pagar el usuario cuando realiza un recorrido por la ciudad, sin miedo a que lo engañen y sin tener que negociar el importe cada vez que se solicita el servicio. La picaresca es algo compartido, lo que pude comprobar en ambas ciudades.

Las calles de una y otra ciudad ofrecen distintos conceptos cuando se trata de pasear, un ejercicio casi obligado para la relajación y necesario para una buena calidad de vida. Las calles de San José muestran una mejor oferta para esta cuestión, en esto tiene mucho que ver el terremoto de 1972, que destruyó gran parte de esa Managua antigua, con un trazado más acorde a este apartado. Nada tendría que envidiarle la Managua de antaño a la San José de hoy, sus calles pensadas para el ciudadano, no como en el caso de Managua, que son grandes y amplias vías las que la cruzan, trazadas más para el futuro y menos para los ciudadanos de a pie. A esto hay que añadir la falta de semáforos en puntos específicos y en muchos casos simples pasos de cebra por donde el ciudadano pueda cruzar la calzada sin miedo a ser atropellado. Cruzar las calles de Managua es siempre una aventura arriesgada. También el estado de sus aceras y el piso rodado las diferencian de relativa manera. En San José es el alquitrán lo que impera y el cemento en sus aceras. Por parte de Managua, poca diferencia en la parte peatonal, en cambio, el alquitrán no se evidencia tanto y es el adoquín de cemento el que predomina en las calzadas.

En las dos ciudades se pueden encontrar calles limpias y también otras que demandan más limpieza, quizás en Managua se ven menos papeleras donde depositar los papeles y otros envoltorios que el consumo actual conlleva y, por añadidura, también entra dentro de la lógica que sus calles estén algo menos vistosas, más sucias, por culpa de esa falta de recipientes donde depositar la basura que genera el elevado consumo. Además, también habría que añadir a esta diferencia la costumbre nica de consumir más comida en la calle, sus puestos de fritanga se encuentran por cada esquina de la ciudad, sin contenedores donde depositar todos los platos, vasos de plástico y envases de bebidas que genera tanto consumo. Esta costumbre está menos extendida en San José, los puestos de comida y bebida se sitúan mayormente en locales adaptados para tal actividad, ofrecen mejores garantías de sanidad y calidad, más controlados por las autoridades y más garantías de higiene para los consumidores. Pero aparte de estas características particulares, en Managua, tiene en su contra la contaminación visual, los grandes carteles publicitarios se expanden por todo el territorio capitalino como un mal estético que afea esta ciudad junto con las pintadas en rojo y negro, colores del partido que gobierna el país. No existe una farola, tronco de palmera o poste del cableado eléctrico que no tenga dos metros de altura pintado en estos dos colores. Esta cuestión publicitaria está discretamente aceptable en San José, donde no llega a perturbar la imagen.

En cuanto a cultura e historia, las dos ciudades retienen mucho de su pasado, tanto Managua como San José tienen un peso histórico muy importante en Centroamérica. Sin embargo, es en la capital tica donde se evidencia en mayor grado, como ya expuse anteriormente por culpa del terremoto de 1972, que destruyó gran parte de la ciudad dejando sólo un puñado de edificios en pie. Pero independientemente de los edificios históricos en Managua, los pocos que pueden admirarse, como la catedral antigua, semi-derruida pero con su estructura exterior conservada en su totalidad, o el Palacio Nacional, hoy convertido en museo de historia y arte, los grandes carteles glorificando la supuesta y en entredicha heroicidad del gobernante de turno no permiten que puedan apreciarse en su totalidad. En Managua no existe mucha oferta cultural donde el viajero y los residentes puedan disfrutar. Además de lo citado anteriormente, algunos cines y contadas actuaciones musicales y teatrales, teniendo uno de los mejores teatros de Latinoamérica, el Teatro Nacional Rubén Darío. En este terreno también le supera San José, donde sí se evidencia una mayor oferta de actividades culturales, museísticas y de participación ciudadana. De igual manera los josefinos se enorgullesen de su Teatro Nacional, una joya arquitectónica que no se debe olvidar de visitar.

En cuanto al clima, los josefinos disfrutan de una temperatura templada que ronda los 25º durante todo el año. Los managuas, en cambio, viven en una de las capitales más cálidas de Centroamérica, por su altura fácilmente se alcanza los 35º. En cuanto a número de habitantes es una cifra prácticamente compartida, las dos rondan los 2,6 millones de personas en sus áreas metropolitanas.

La gastronomía de las dos ciudades es muy parecida. No obstante, en Managua se puede disfrutar de una cocina más tradicional, que aún conserva sus rasgos característicos, todo lo contrario que en San José, donde los platos internacionales han tomado posesión como ciudad más avanzada. Pero no todo está del lado tico, mientras estos acusan a los managuas de ser perezosos, entre otros calificativos, los de managua tachan a los josefinos de ser tacaños y poco sinceros. Cierto o no, supongo que no sería justo generalizar. Sin embargo, como visitante imparcial pondré a los managuas a favor de mi balanza, por el trato y atención al visitante. Mientras que en San José era necesario pedir a varios viandantes el favor para conseguir que me tomara solo uno de ellos una foto con mi cámara, en Managua a la primera petición estaban predispuestos con una sonrisa en los labios. En esta cuestión, la calidez y gentileza de los nicas superó a la de los ticos.

domingo, 17 de octubre de 2010

Malditos en el nombre de Dios (2ª parte)


Si ya es difícil vivir en cualquiera de los países en desarrollo, con todas las carencias y necesidades que sufre la población, más cuesta arriba se pone poder sobrevivir dignamente para el colectivo de enfermos mentales, que se encuentra entre los grupos más marginados de la sociedad. Como expongo en la primera parte de esta mirada, además del rechazo que sufren públicamente, apartados de la sociedad como si de apestados se tratara y, en el mejor de los casos, aislados con ese sobrenombre vergonzoso que llevan como añadido a su lamentable realidad, "endemoniados", también padecen el olvido y la exclusión que les brindan las políticas de desarrollo destinadas a la reducción de la pobreza. Una evidente realidad que denuncia la OMS, la Organización Mundial de la Salud.

En un informe que divulgó la ONU hace unos meses, afirma que más del 80% de los enfermos con desórdenes mentales y discapacidades intelectuales carecen de tratamientos adecuados a sus condiciones o necesidades, y mucho menos tienen oportunidad de acceder a actividades educativas y laborales para desarrollar sus potenciales como seres humanos. Es una penosa e injusta realidad la que viven estos maldecidos por la sociedad y por los dioses que veneramos, que son víctimas de la ignorancia y el fundamentalismo religioso, además del problema familiar que, como un estigma, supone convivir con este duro padecimiento mental en alguno de sus componentes.

Si el apartado sanitario, el de los tratamientos medicinales y centros hospitalarios adecuados, es deficitario en los países pobres o subdesarrollados, el educativo y laboral no es menos alarmante, en mi opinión de la misma importancia que el hospitalario o medicinal, o quizás más. Aún hoy se desconocen la mayoría de las causas que provocan estas dolencias mentales provenientes del cerebro, un autentico desconocido en la medicina de nuestro tiempo. De igual manera, el apartado laboral va unido al educativo, es parte de esos tratamientos psicológicos, además de la importancia económica que tiene para los enfermos que no disponen de otra fuente económica que les permita sobrevivir. Referente a estos datos laborales, también la ONU indica en el mismo documento que la tasa de desempleo de las personas que padecen enfermedades mentales alcanza el 90%. Las organizaciones sanitarias mundiales y los que trabajan en materia de desarrollo deben de volcar sus energías en revertir estos datos, deben de prestar una mayor atención a esta realidad que sitúa a los enfermos mentales en el escalafón más bajo de cuantos están por debajo de los límites de la dignidad humana.

Desde luego que se trata de un reto enorme, el de revertir esta situación en la que viven muchas personas en el mundo, un reto de gran importancia, si tenemos en cuenta que una de cada cuatro personas en el mundo padece algún tipo de trastorno mental a lo largo de su vida. Así mismo, el informe de la ONU resalta que este tipo de enfermedades representan entre el 8,8% y el 16,6% de las dolencias en los países de ingresos bajos y medios, respectivamente.

Siguiendo el ejemplo de Nicaragua, que daba pie a este artículo referente a quienes sufren de algún tipo de trastorno mental, continuaré con otro país que le arrebata el protagonismo en cuanto a pobreza se refiere en Latinoamérica. Haití es el país más pobre de todo el continente y esto también se refleja en la calidad de vida de sus enfermos mentales. Desde que la capital, Puerto Príncipe, fue destruida el 12 de enero, uno de los mayores centros públicos para enfermos psiquiátricos, el hospital Mars & Line, se ha convertido en una perrera, en una pocilga donde malviven algunos de los internos que no tienen familiares que se hagan cargo de ellos. De los 80 internos que albergaba el edificio, la mayoría se fueron con sus familias, casi todos a vivir en la calle, donde duermen la mayor parte de la población desde que el terremoto los dejó sin viviendas. Sin embargo, algunos de ellos no tienen a donde ir, ni quienes los cuiden, los protejan o los reclamen y han continuado viviendo entre las ruinas del antiguo hospital.

Siete hombres y una mujer, casi todos menores de 30 años, duermen bajo las ruinas que quedan en pie, sobre los escombros que cubren el solar de lo que un día fue el centro que los acogía. Expuestos a que un nuevo temblor termine por sepultarlos en algunas de las habitaciones, donde un puñado de profesionales les siguen atendiendo en lo que pueden. Es fácil de entender que no disponen de medicinas u otras necesidades médicas... si ni siquiera tienen para comer y alimentarse cada día. Ahora, el jardín de la entrada al psiquiátrico se ha convertido en el hogar de muchas personas que no tienen donde ir, viviendo bajo los sombrajos que instalaron meses atrás. Paradojas de la vida, tienen que suceder estas tragedias para que los enfermos mentales se pongan a la misma altura social de quienes no sufren este tipo de trastornos.



jueves, 14 de octubre de 2010

Malditos en el nombre de Dios (1ª parte)


Por estos días, que corren a una velocidad de vértigo por el calendario de octubre, disfruto del acogimiento que me brindan en Nicaragua, con un trato amable y cálido como nadie en ningún otro lugar de los que visité. No es que los demás lugares me merezcan desconsideración, no es así, no se trata de comparación. Los nicaragüenses tienen grabado a fuego en sus genes ser agradables y amables en el trato directo. No hace falta conocerse de nada para cruzarse caminando por la calle y recibir un saludo respetuoso con una sonrisa en los labios. Algunos nicaragüenses, managuas, me cuentan que su capital no tiene una personalidad propia, que no es precisamente una ciudad hermosa, que resulta caótica para muchos visitantes que se deciden por recorrer sus calle... Es posible que así sea, que tengan parte de razón sus propios pobladores. Sin embargo, Managua, Nicaragua en toda su totalidad, tiene un embrujo no identificado que hechiza al visitante, o al menos eso me sucede a mí cada vez que piso estas tierras después de cruzar el Atlántico que nos separa.

Como ya he contado en otras ocasiones, sigo a diario las noticias que acontecen en este país que me hace sentir bien cuando lo visito, lo hago a través de las ediciones digitales o electrónicas de sus dos diarios más conocidos. Así que cuando me encuentro entre estos lagos y volcanes que me rodean dejo a un lado la costumbre cotidiana y salgo temprano a la calle, a tomar un riquísimo café nica mientras leo las noticias del día en versión impresa. Un ritual pausado que llevo a cabo entre sorbo y artículo, y que me hace disfrutar de unos momentos placenteros cada mañana.

Por supuesto que no todo lo que reflejan sus páginas son noticias agradables, en eso existe poca diferencia con otras comparaciones, las noticias desagradables ocupan una parte importantísima en todos los diarios de todo el mundo. Una de estas noticias que hoy reportaba el Nuevo Diario nicaragüense titulaba con una frase que al principio me resultó relacionado con la delincuencia, "Amarran a jovencito por supuesta posesión". Lo primero que se me vino a la mente antes de leer lo que contenía la noticia fue que aquél jovencito portaba drogas o algo por el estilo, y que lo amarraron o detuvieron mientras se lo llevaba la policía o eran éstos los que ya lo habían detenido amarrándolo. Pero no era así, me traicionó la manera que tienen los periodistas en España de expresar las detenciones de la policía por posesión de drogas. El titular se refería a una posesión diabólica y la foto que acompañaba la noticia mostraba a un joven atado de manos y tumbado sobre un banco de madera con la cabeza girada hacia un lado.

Si confuso y desorientado me dejó en un principio el titular, más fuera de lugar me dejó el contenido periodístico que ofrecían las columnas. Uno no es falto de conocimiento para entender que los países pobres no tienen recursos suficientes para cubrir los gastos que generan todas las atenciones médicas que necesitan, no sólo los enfermos mentales si no todos los enfermos en general. Tampoco se cumplen todas las carencias respecto a los enfermos que sufren de estas dolencias psíquicas en otros países más desarrollados y que disfrutan de una atención médica más de acorde con las necesidades de la población, por mucha atención que se tuviera nunca sería suficiente para estas complicadas enfermedades de la mente que necesitan de tantas atenciones humanas y profesionales. No podemos olvidar que se trata del segundo país más pobre de toda América Latina, y este detalle no sólo se aprecia en las estadísticas oficiales, también en el día a día y con una simple mirada alrededor.

En todo Nicaragua solo existe un único hospital destinado para este tipo de enfermedades, el Hospital Psiquiátrico de Managua, insuficiente para atender a los más de 500 pacientes que requieren atención cada año, pues sólo dispone de 160 camas. Pero el problema no queda ahí, se agrava cuando nos ponemos a considerar el costo de los medicamentos, pues sólo existe un centro de salud en toda Managua, el "Pedro Altamirano", donde se brindan gratuitamente; cada tratamiento ronda entre los 1.000 o 3.000 córdobas cada mes, que al cambio en dólares serían aproximadamente entre los 50 y 150. A esto habría que sumarle el precio de cada consulta médica, que oscila entre los 500 o 600 córdobas (la moneda nacional), 25 0 30 dólares, demasiado para un país donde la mayoría de la población sobrevive con algo más de un dólar al día.

Esta es una radiografía sobre la atención médica real en el país, pero lo que más me impresionó de la noticia no fue precisamente este apartado de necesidad sanitaria, si no la parte espiritual, la emocional, la que aún hoy continúa considerando a estos enfermos como endiablados, como absorbidos por el diablo. La ignorancia de las personas, en cualquier parte del mundo, les lleva a cometer tales aberraciones que nos hacen sentirnos culpables de los padecimientos que sufren los enfermos mentales en sitios tan remotos y alejados de una educación real, más en consonancia y basada en perjuicios religiosos como si estuviéramos aún anclados en plena inquisición en el siglo XVI. Lo más doloroso y bochornoso, además de las necesidades económicas y de atención médica que padecen estas personas y por añadidura también sus familiares directos, es la influencia que ejercen los religiosos, en este caso la pastora de la Iglesia Evangélica de Dios de El Realejo, María Auxiliadora Castro, que dijo que, además de Christopher, su hermano Manuel de Jesús y la madre de ambos también están poseídos pero en menor intensidad.

Christopher tiene 19 años y hasta ahora parecía un chico normal que trabajaba en el campo, que no tiene ningún vicio a destacar ni tampoco ha sufrido enfermedades. Desde hace 15 días aproximadamente se ha vuelto violento, voltea los ojos y grita, un extraño comportamiento que ha llevado a que sus familiares le aten de pies y manos ante el temor de que pueda ser peligroso su comportamiento para con los demás familiares. La pastora evangélica en cuestión, que para mi punto de vista es la que no sólo tenía que estar amarrada, si no detenida por la autoridades civiles, por la influencia que ejerce sobre estas pobres e ignorantes personas, también dijo que cuando lo llevaron al templo el joven convulsionó, señal inequívoca de que se trata de un caso de posesión diabólica, es por lo que ha aconsejado a sus familiares que no le suministren alimento alguno, sólo refresco para la sed, porque la falta de alimento hará que la posesión disminuya y se torne débil.

viernes, 8 de octubre de 2010

La patria aviesa


Anteponer los intereses de uno por delante de los de la patria es un hecho reprochable por todos los ciudadanos de adentro de nuestras fronteras, e incluso, dependiendo de cómo sea el atrevimiento alcanza una difusión e importancia que supera a otros comportamientos humanos de índole más vergonzosa aún que el de la traición. La patria es la madre, el mayor de los orgullos de cualquier ciudadano, al menos así se supone y, por encima de casi todo, exige respeto de solemnidad. Pero... ¿Qué ocurre cuando quien lleva a cabo la traición es la patria contra sus ciudadanos, la madre contra sus hijos?

La patria es la casa que nos acoge a todos, el techo que preservamos y defendemos ante cualquier contrariedad. Sin embargo, quienes dirigen o gobiernan el buen funcionamiento de la patria son ciudadanos tan vulnerables y humanos que, como cualquier otro, andan siempre al filo de la legalidad y la honradez, al borde del precipicio que deja ante sus pies a la honorabilidad. Es ahí, al traspasar las fronteras éticas, incluso excusándose en el interés general de los ciudadanos, cuando la traición se consume y la madre se transforma en madrastra, incluso al anteponer o sacrificar a uno de sus hijos por salvaguardar a otros. Esta actitud bien podría entenderse, he incluso aceptarse por el bien de los demás hermanos que acoge el techo patriótico. No así, cuesta aceptar cuando esta traición se lleva a cabo sin obtener a cambio un fruto general y necesario, de lo que todos sus hijos se beneficien, si no que los beneficiarios son privados o particulares y, en todo caso, aunque sea a beneficio general, tiene que apoyarse en una causa suficientemente importante como para sacrificar a los hijos hasta con la propia muerte.

A toro pasado y hace unos días, nos enteramos en todo el mundo de la traición que sufrieron algunos patriotas estadounidenses por parte de sus gobernantes en la década de los 40. Después de 64 años, la investigadora de la Universidad de Weliesley, Susan Reverby, nos reveló con sus trabajos a muchos ignorantes de estos casos, que el Servicio de Salud Pública norteamericano utilizó a sus conciudadanos como cobayas. El caso "Tuskegee", para serles sincero, no me resultó extraño. No es nueva esta actitud miserable, comparable a la que llevaron los nazis contra todos los que no fuesen de la raza aria, negros, gitanos, judíos, polacos, comunistas... Si el doctor Mengele ("el ángel de la muerte") nos provoca sentimientos de rabia e impotencia con sus experimentos criminales, no menos es lo que surge cuando uno lee estos abusos contra los colectivos más vulnerables, como lo eran los negros de aquella época en el "país de las libertades", y más aún si éstos eran pobres o pertenecientes a colectivos como los enfermos mentales, presidiarios o prostitutas.

Los experimentos se llevaron a cabo en el estado de Alabama a lo largo de los años 40, observando el progreso de la sífilis y la gonorrea en las personas que fueron utilizadas como conejillos de indias, inyectándole la enfermedad venérea directamente. En las últimas décadas el gobierno de los Estados Unidos ha estado ensayando más de 40 estudios en el terreno nacional, siempre de forma ilegal y oculta a las víctimas que fueron utilizadas.

Como digo anteriormente, esta noticia no me sorprende en demasía, si hacemos caso de las leyendas que circulan públicamente sobre otras enfermedades que se crearon o propagaron con intereses siempre deleznables, como el SIDA, que según estiman algunos especialistas se fue contagiando por vía intravenosa en las cárceles de los Estados Unidos; o más recientemente la gripe A (H1N1), de la que los laboratorios farmacéuticos hicieron negocios multimillonarios creando una alarma social a nivel mundial, que hizo invertir a los gobiernos de todo el mundo en vacunas que no sirvieron para nada, con el hambre que se podría haber quitado del planeta con ese costo.

Pero si esta actitud de la patria estadounidense con sus hijos nos resulta bochornosa, más perversa y desvergonzada me parece que no se quedaran dentro de sus fronteras patrias, si no que, como es costumbre en ellos, con su prepotencia paternalista y complejo de superioridad, se atrevieron a cruzar sus fronteras para continuar con sus ensayos en otro país de los injustamente llamados del tercer mundo. Guatemala se convirtió en el laboratorio a coste cero de la prepotencia norteamericana por aquellos tiempos en los que llevaron "al infierno" a los negros de Alabama. La buena labor de investigación de la doctora Reverby dio sin proponérselo, mientras investigaba el caso Tuskegee, con los informes de los ensayos llevados con el mismo fin en Guatemala. Si en Alabama fueron alrededor de 400 las personas utilizadas en los experimentos, en el país centroamericano casi se doblaron en número, llegando a los 696 casos. Estas son las cifras que estima el gobierno norteamericano, por parte guatemalteca se dice que los damnificados fueron 1500 personas. También aquí los elegidos fueron del mismo tipo social o colectivos marginados, pobres, enfermos, presidiarios y prostitutas. La administración Obama no ha tenido más remedio que salir a la palestra y pedir disculpas por las atrocidades cometidas contra los ciudadanos guatemaltecos. Hillary Clinton telefoneó al presidente Álvaro Colom para disculparse por el cruel estudio llevado a cabo con ciudadanos guatemaltecos por la Organización Panamericana de la Salud, además de los institutos nacionales de la salud estadounidenses y la Casa Blanca.

La reacción pública del gobierno guatemalteco ha sido como debería de esperarse, calificando de espeluznantes los experimentos llevados a cabo con sífilis y gonorrea sin el consentimiento de los contagiados, aseverando que fue una fuerte violación de los derechos humanos y que su país se reserva el derecho de la denuncia ante las instancias internacionales correspondientes para exigir una indemnización por los daños causados. Estas son las lógicas reacciones gubernamentales, pero mucho me temo que, aunque Guatemala reciba una contraprestación o indemnización acordada con el gobierno estadounidense, nunca será lo justo, entre otras razones porque nunca el coste será suficiente como para que en el futuro continúen utilizando a los ciudadanos como cobayas, o traicionando a los hijos de la nación como madrastra cruel.