sábado, 25 de septiembre de 2010

Marabunta centroamericana


Hace apenas unos años la palabra Mara tenía para mí un significado meramente femenino, un nombre de mujer, aunque inocuo para mis recuerdos, no existía nadie que conociera con ese nombre. Fue así hasta que mi amigo Néstor, argentino de nacimiento y con sangre malagueña por sus venas, puso ante mí vía Internet un archivo de música de Víctor Heredia, también con este nombre de mujer. Mara es una hermosa canción que su autor dedicó a su hermana, desaparecida durante la dictadura de Jorge Rafael Videla, una de tantas personas que desaparecieron para siempre durante la cruel etapa militar que gobernó Argentina entre 1976 y 1981. Desde entonces, cada vez que la oigo se me eriza la piel y se pe ponen los bellos como escarpias, me emociona y hace que florezcan mis sentimientos más puros, me embarga la sensibilidad y me hace sentir como si Mara hubiera sido mi propia hermana. Una canción llena de ternura, de amor, y, aunque suene contradictorio, de esperanza.

Pero Mara ya no me trae al pensamiento sólo la canción de Víctor Heredia, de unos años a esta parte la misma palabra se ha tornado en dualidad, como el extraño caso del doctor Hekill y Mister Hyde, con doble significado y radicalmente opuestos. Actualmente decir Mara para la mayoría de los habitantes del planeta es sinónimo de violencia, de extorsión, de terror, de sangre, de muerte. Un premio injusto y cruel para los ciudadanos de los tres países que sufren esta plaga antisocial, Honduras, Guatemala y especialmente El Salvador, donde las pandillas se han convertido en un asunto extremadamente peligroso, hasta el punto de poner en jaque al propio gobierno de la nación.

Mara es la abreviación de marabunta, la hormiga devoradora de la Amazonía. Actualmente más de 7.000 pandilleros están presos en las cárceles de El Salvador, aunque se estima que pueden haber actuando libremente por las calles del país entre 9.000 y 20.000 más. Las más famosas de estas pandillas son la Mara 18 y la Mara Salvatrucha, que surgieron en los barrios latinos de Los Ángeles, en la década de 1980, y se extendieron a Centroamérica por las deportaciones de miles de inmigrantes llevadas a cabo por el gobierno de los Estados Unidos. Pero no sólo son estas dos pandillas, otras de menos renombre también ejercen con la misma crueldad y violencia, como MS 13, Mara Maquina o Mara Mao Mao.

Según la directora del Instituto de Opinión Pública de la Universidad Centroamericana (UCA), Jannet Aguilar, en declaraciones a la AFP, las investigaciones realizadas durante 15 años demuestran que las pandillas son el resultado de la confluencia de factores de orden social, económicos, políticos, institucionales y geopolíticos. El resultante de familias disfuncionales que no asumen su papel de tutela y de los estados que privilegiaron la represión y no alentaron verdaderas oportunidades educativas y laborales.

Donde el fenómeno ha tomado mayor fuerza, en El Salvador, las maras se han convertido en verdaderas organizaciones mafiosas, implicadas en tráfico de droga, de armas, extorsión y secuestros, también se les atribuyen a ellas gran parte del alto número de homicidios que se dan en el país, una media de 13 al día. Es tanto lo que supone el problema para el gobierno salvadoreño que se ha promulgado una ley para intentar atajar la expansión de este mal social. Esta ley de proscripción de maras, pandillas, agrupaciones, asociaciones y organizaciones de naturaleza criminal conocida como "antimaras", fue aprobada por el Parlamento el pasado 1 de septiembre y sancionada nueve días después por el presidente Mauricio Funes, que descartó negociar con los pandilleros ante el pulso que éstos le presentaron, cuando a comienzos de este mes impusieron un paro de autobuses durante tres días, tratando de impedir la promulgación de la ley que las proscribe. La ley las deja en la ilegalidad y les fija penas de prisión por el sólo hecho de pertenecer a alguna de estas organizaciones, de siete a diez años para sus líderes y de seis años para los otros miembros.

De igual manera, quedan facultados la fiscalía y los jueces competentes para ordenar la inmovilización de las cuentas bancarias e incautar los bienes relacionados con sus actividades delictivas. En Guatemala, por ejemplo, tres de cada diez guatemaltecos son extorsionados en el país, a viviendas, comercios y pasajeros del transporte público, unos delitos que les generan a los pandilleros alrededor de 8.75 millones de dólares anuales. Sólo en lo que va de año se han tramitado 3.601 denuncias sobre casos de extorsiones y, de ese total, 2.387 se llevaron a cabo en el departamento de Guatemala, que incluye la capital. También en lo que va del 2010 han sido desarticulados 27 grupos dedicados a estos asuntos delincuenciales, lo que dio como resultado la detención de 344 personas. El 80% de las extorsiones se hacen al azar desde el interior de las cárceles y a través del teléfono.

Ahora el temor, ante la ley antimaras salvadoreña, es que los pandilleros huyan hacia otros países vecinos y agraven la situación, como es el caso de Honduras y Guatemala, o a la cercana Nicaragua, donde hace sólo un par de días ya detuvo la policía al líder de una de estas maras cuando cruzaba la frontera. Aún así, no queda otro remedio que poner fin a estas actitudes antisociales que amenazan a los ciudadanos indefensos, las únicas víctimas, de la dejadez de los gobiernos que no sólo no previenen la creación de estos movimientos delictivos si no que, además, también los dejan indefensos cuando se hacen realidad. Únicamente se atreven a dar la cara al problema cuando es a ellos a quienes acorralan. Esperemos que la iniciativa de Mauricio Funes no caiga en saco roto y se sumen a ella otros gobiernos afectados, por la paz y tranquilidad de sus ciudadanos.



sábado, 11 de septiembre de 2010

Un refugio en el infierno


A vueltas con la migración en América Latina y a su paso por México, por encima de otros dramas humanos que suceden en el mundo, éste me resulta uno de los más dolorosos, de los más crueles. Los derechos humanos en el mundo es una de las asignaturas pendientes que tenemos por solucionar la sociedad del siglo XXI, es el fruto del traumático desequilibrio existente entre un mundo a dos velocidades, la de los llamados países desarrollados y la de la otra parte, la que se da en la mayoría de las naciones del planeta, donde la pobreza es la situación a destacar, hambre, enfermedades, violencia... y un futuro nada halagüeño para sus pobladores, éste es el estado común de los ciudadanos de algunos países de Centroamérica. Lo más lógico, ante este panorama, quizás sea elegir la huida frente a la dolorosa disyuntiva que la vida les presenta. La de escoger quedarse de brazos cruzados, impotentes, viendo cómo los días pasan ante sí sin nuevas perspectivas o la opción de enfrentarse al destino cruel de la migración, a sabiendas que pudiera ser peor el remedio que la enfermedad, ante tal aventura.

Esta iniciativa, para muchos rumbo al fin de sus existencias, es un campo minado del que salir ileso y victorioso es un "grajo blanco", una extraña posibilidad que sólo consiguen los elegidos, los pocos que tienen la suerte de cara, los que poseen el boleto premiado con una oportunidad para poder luchar por un futuro más justo entre millones de papeletas de color negro, el de la desdicha. Cruzar la frontera de México a Estados Unidos se supone que sería el punto más álgido de esta carrera hacia la vida, hacia la dignidad, pero viendo cómo se presenta el trayecto y los peligros que esconde, conseguir llegar hasta esa valla que separa a los dos países se convierte en una toda una proeza, un triunfo meritorio después de sortear peligro tras peligro.

Cruzar México con destino hacia los Estados Unidos es para cualquier emigrante la etapa más difícil y arriesgada de todo el trayecto, los peligros que acechan a estas personas pobres en su mayoría, que sólo portan la esperanza de poder ayudar a sus familias desde el nuevo destino que sueñan, son innumerables y a cada cual más cruel. Aún así, decenas de miles de hombres, mujeres y niños cruzan México con la mirada puesta en el futuro. Este viaje es uno de los más peligrosos del mundo, y como digo, son muchas las vicisitudes que se presentan a lo largo del recorrido, ante la mirada de los traficantes de personas y presas de esas bandas delictivas, los migrantes son objeto de agresiones, robos y violaciones. Son arrojados de trenes en marcha y muchos quedan mutilados o desaparecen sin dejar rastro, enterrados en tumbas sin señales de identidad en los márgenes de las carreteras o de los cementerios, un problema que desconocen la mayoría de los ciudadanos mexicanos, que viven ajenos a sus vidas y también a sus muertes. La mayoría de estas personas hacen la ruta en situación ilegal, lo hacen en soledad y por parajes alejados de la sociedad, evitando de esta manera ser identificados por la policía y ser deportados a sus países de origen, lo que los convierte en víctimas vulnerables de las bandas criminales organizadas, especialmente las mujeres y los menores.

Existen violaciones, asesinatos... La violencia sexual se emplea para aterrorizar a las mujeres, y este estigma, junto al temor de ser deportadas, significa que habitualmente la violencia y los abusos ni se denuncian ni se castigan. Se estima que 6 de cada 10 mujeres migrantes que hacen la ruta son violadas o sufren abusos sexuales. Sin embargo, gracias a un puñado de personas, algo más de 20 voluntarios, muchos de estos migrantes que llegan en el tren de Arriaga, Chiapas, conocido como La Bestia y con 400 migrantes cada vez aproximadamente, no sucumben ante la fatiga, las enfermedades, el hambre o la sed.

Este refugio en el infierno tiene un responsable, un creador, el sacerdote católico José Alejandro Solalinde Guerra, que con grandes sacrificios ha construido el albergue "Hermanos en el Camino", en Ciudad Ixtepec, en el estado de Oaxaca, México. Y precisamente por esta actitud, altruista y generosa con los más vulnerables, estas personas son de igual manera perseguidas y agredidas por llevar a cabo su labor humanitaria. El padre Solalinde ha sido detenido y amenazado en distintas ocasiones tanto por las autoridades locales como por las bandas criminales, que consideran su actitud generosa un estorbo, para las autoridades por los problemas sociales que les acarrean y para los grupos delictivos porque entorpecen su negocio, el que hace de la dignidad humana su mercancía.

"El mayor desafío que tengo que superar es el de la intimidación, el acoso y la falta de respeto constantes de personas que no quieren que lleve a cabo mi labor de ayuda a los migrantes. Muchas autoridades locales, bandas de delincuentes y traficantes de droga quieren librarse de los defensores de los derechos humanos". Estas son palabras del padre Solalinde en octubre de 2009, las mismas que encabezaban el mensaje de Amnistía Internacional que llegó a mi correo hace unos días mostrándome el problema humanitario. El día 26 de febrero de 2007 creó el refugio para migrantes, cerca de las vías del tren por donde viajan las personas procedentes de Centroamérica, en la antigua estación de ferrocarril, a un lado del puente que atraviesa el río Los Perros. Más de 400 personas durmieron en el refugio la primera noche, y desde entonces, el flujo de personas ha sido constante, donde les ofrecen comida, bebida, medicinas, ropa, atención humanitaria de todo tipo.

Las autoridades locales de Ciudad Ixtepec culpan al padre Solalinde, y a la labor que lleva a cabo de dar cobijo a los migrantes, de entorpecer la lucha contra las maras, y como ejemplo del acoso y extorsión al que están sometidos por las propias autoridades sirve el episodio que ocurrió el 24 de junio de 2008, cuando un grupo de unos 50 residentes de Ciudad Ixtepec, encabezado por el alcalde y 14 policías municipales, irrumpieron en el albergue a la fuerza y amenazaron con prender fuego al edificio sino se cerraba en el plazo de 48 horas. Aún así, y en estas circunstancias, su labor continúa adelante, una labor que merece ser reconocida y digna de apoyo.

sábado, 4 de septiembre de 2010

La inestabilidad al acecho


Cuando uno echa la mirada hacia atrás parece que no queda otro remedio más que aceptar aquella manida frase que dice que "nunca tiempo pasado fue mejor". Probablemente así sea, aunque si desglosamos los pormenores de cada tiempo, entonces, comienzan a surgir las discrepancias, el desacuerdo se adueña del tema y uno comienza a divagar, titubear, a dudar si realmente la susodicha frasecita tiene consigo todas las de acertar. Es ahí, cuando nos damos cuenta que los tiempos van y vienen, se olvidan y regresan con sus distintos maquillajes, pero con idéntico propósito, en lo bueno y en lo contradictorio.

La historia reciente de América Latina sabe mucho de convulsiones, de inestabilidad y de conflictos armados que parecían nunca acabar, pero, por suerte, aquellas pesadillas con sonido a botas militares de fondo y huidas en la noche con la sombra de los escuadrones de la muerte pisándoles los talones, pasaron a mejor tiempo, el que sin duda ahora vivimos. Sin embargo, no se puede dar ese tiempo por pasado, el tiempo nunca se aleja para siempre, se bambolea al son caprichoso de lo que acontece y los gobernantes provocan, para traernos de nuevo como un boomerang toda la energía que en otro momento ejercimos.

Parece imposible que, aquellos tiempos difíciles velados en blanco y negro, que se tornaron rancios con el pasar de los años, puedan volver a resurgir para mostrarnos toda su crudeza, a diferencia que en esta ocasión sería coloreada pero con calcada puesta en escena. Nos parece imposible que las condiciones que permitieron el auge de dictaduras militares puedan volver a rugir, a darse, de entre el olvido y el desconocimiento para los más jóvenes. Aún así, no se puede descartar esta hipótesis... Sí, ya sé que pensarán que soy pájaro de mal agüero, pero si analizan la situación actual sobre el tema que me trae a estas líneas, entonces, comprobarán que mis temores no son infundados. Que la sospecha de que la inestabilidad en Latinoamérica acecha detrás de cualquier esquina es cierta.

Hace algunos meses, el IISS (Instituto Internacional de Estudios Estratégicos), vinculado a los gobiernos de EEUU y Reino Unido, publicaba un informe en el que alertaba de la inestabilidad que se fraguaba en el continente latinoamericano. Ustedes me dirán que aquí hay gato encerrado, que huele a informe interesado por parte del imperio del norte y de sus socios europeos, pudiera ser así, aunque, si nos olvidamos de lo que pudieran dar a entender y analizamos los movimientos y cifras sobre armamentos, descubriríamos que la situación pudiera estar al borde del precipicio bélico en cualquier frontera y con consecuencias inimaginables para sus habitantes. Según el informe, las amenazas que enfrenta la región son la degradación de la democracia, el crimen organizado transnacional, el terrorismo, la insurgencia y el tráfico de armas y drogas.

Por otro lado, si comenzamos a analizar algunos de estos factores mencionados, la mirada hacia los culpables siempre se dirige en la misma dirección. Uno de los argumentos más repetidos del presidente mexicano, Felipe Calderón, cuando intenta explicar que la responsabilidad de la creciente actividad del crimen organizado en México no tiene un origen único, son las 20.000 armas ilegales que pasan cada año desde EEUU por las frontera mexicana, procedentes de las aproximadamente 6.700 tiendas que existen en el lado estadounidense. Una cantidad que supone un valor calculado en más de 20 millones de dólares. La gran competencia que existe en EEUU, hace que los precios de las pistolas o ametralladores sean muy bajos, a diferencia de México, donde la ley permite poseer un arma siempre que se registre en el Ministerio de Defensa y sólo para uso deportivo o defensa doméstica. En total, según opina la ONU, en México existen unos 10 millones de armas de fuego no registradas, suficientes como para proveer a uno de cada tres hombres adultos.

Así que, con estas cifras sobre la mesa, ¿qué podríamos pensar con respecto a los países cercanos y vecinos con México, donde los controles son menos intensivos, debido a la precariedad en la lucha contra el crimen organizado? El resultado es evidente, el llamado triangulo de la violencia por la ONU, Guatemala, El Salvador y Honduras, donde las cifras de asesinatos y acciones violentas superan cualquier comparación.

Luego, si nos adentramos en la realidad de los países andinos, ahí nos encontramos con la inestabilidad crónica, expresada en la guerra de Colombia, con sus distintas combinaciones entre guerrillas, paramilitares y narcotráfico, que evidencian la incapacidad del Estado para controlar la situación. También en este caso nos encontramos con que el vecino rico del norte es el mayor proveedor del ejército colombiano. Pero no crean que toda la pólvora llega por el mismo cauce, si desviamos la mirada al lado opuesto descubriremos que existe otro protagonista importante en este significativo mercado con resultado de violencia y muerte. El auge ruso en territorio latinoamericano se debe a la dejadez de los gobiernos Bush con el suministro armamentístico impuesto a varios países como Venezuela, al considerar que no colaboraban lo suficiente en la lucha contra el terrorismo, todo lo contrario ocurrido con México y Colombia, con quienes el gobierno de Washington reforzó su relación militar.

Y, aunque Rusia es el único país del mundo que ha disminuido su gasto militar, ha firmado acuerdos con Venezuela, Perú, Brasil, México y Colombia, al tiempo que negocia otros convenios con Bolivia, Uruguay y Ecuador, convirtiendo a Latinoamérica entre los dos suministradores en un polvorín. En total, el gasto militar de América Latina y Caribe aumentó en 2008 hasta superar los 58.000 millones de dólares, lo que equivale al 1,35% del PIB, cuando dos años antes, en 2006, apenas superaba los 39.000 millones de dólares. Así que con estos mimbres ya me dirán ustedes que canasta podemos esperar.