sábado, 26 de septiembre de 2009

Saqueo a la pobreza, a la dignidad


Es evidente que, cuando a los gobiernos y a las grandes compañías les interesan algunos asuntos en concreto, ponen en marcha campañas publicitarias de concienciación capaces de transformar a la sociedad, a sus costumbres, y convencernos de que hace tiempo que nos desviamos del camino correcto para entrar en una espiral nada aconsejable para nuestros intereses, y lo consiguen derrochando lo necesario y más, si es oportuno. Con todo y con eso, existen asuntos más fáciles de asimilar, de digerir por la sociedad, por los consumidores, que viendo lo evidente no ponemos ningún reparo en asumir parte de ese compromiso que nos solicitan para dar solución a la problemática con la que tratan de hacernos ver que hay muchas cosas que estamos haciendo mal. Y, sin duda, cuando se trata de contaminación ambiental, del reciclado de deshechos, nadie en su sano juicio pone un pero en contra, así que sólo hay que llamarnos para acudir al unísono, a la propuesta que compartimos. Sicológicamente sólo necesitamos que nos bombardeen con información constante, verídica o no, pero en todo caso creíble, para que nuestro parecer cambie de opinión o que nos pongamos a trabajar en el empeño. Esto me recuerda cómo dejé de fumar hace ya algunos años, por cierto, es de las decisiones más inteligentes que he tomado en mi dilatada existencia; comencé a leer un libro de apoyo para dejar de fumar y era tanto maltrato sicológico contra el tabaco que terminé por tomarle una mezcla de asco y miedo al hábito que, mientras duró el recuerdo reciente de lo leído, me sirvió de apoyo para mi gran victoria personal, la de abandonarlo para siempre.

Pues bien, desde hace unos días, quizás semanas, hay en marcha una campaña de concienciación por lo que significa el reciclado de las bolsas del supermercado. El plástico tarda cientos de años en descomponerse, si no recuerdo mal son 400, los años que tardan en desaparecer, así que si uno piensa, no hace falta mucho, la cantidad de bolsas de plástico y sin entrar en otras materias u objetos, que tiramos a la basura cada día y en cada ciudad, nos daremos cuenta de que estamos haciendo un mal importante a nuestro hábitat. La campaña para eliminar la costumbre de las bolsas de plástico del supermercado me parece un acierto, aunque tardío, de todas maneras todo lo que sea corregir malos hábitos siempre es positivo y, aún no acabando con la eliminación total, aún así, sería una gran conquista para nuestros intereses y los de las generaciones venideras, que ya de por sí le dejamos el planeta hecho un basurero. Ni que decir tiene que las primeras interesadas en el asunto son las grandes cadenas de supermercados, que con la propuesta, apoyada por el gobierno, eliminaran unos costes elevadísimos, claro que nada comparable con las ganancias que generan sus ventas, no crean que cada bolsa de plástico que nos dan con su publicidad impresa y el anagrama bien visible es un regalo, nada de nada, ya lo pagamos los consumidores y a buen precio, los grandes beneficiados siempre son las compañías, antes con bolsa y después sin ella. Resulta que en uno de los grandes súper, donde yo acostumbro a hacer mis compras, dan una bonificación si el cliente no se lleva bolsa, un céntimo de euro por cada una, y por lo que he podido comprobar siempre me descuentan un céntimo, no importa la compra que realice, hay veces que serían necesarias al menos tres de ellas, pero el descuento es el mismo, una insignificancia. Sin embargo, si nos planteamos la cantidad de bolsas que se ahorra la cadena de supermercados cada día y en cada punto de venta, comprobaremos que si antes eran cuantiosos beneficios ahora son aún más. La jugada está ahí hasta la mitad, porque no todos los compradores llevan bolsas o carritos de la compra, por lo que las cajeras ofrecen a cada consumidor bolsas ecológicas, claro está que no son gratuitas, su precio es de cincuenta céntimos, son reutilizables, pero ¿aguantarán cincuenta compras sin romperse, para compensar esa bonificación de un céntimo por compra?

Las nuevas bolsas, por supuesto con el anagrama publicitario de la cadena de supermercados, por lo que no sólo le estamos haciendo publicidad gratuita, si no que se la estamos pagando al solicitar una bolsa para llevarnos la compra, se comenta que estarían hechas de fécula de patata, biodegradables, y por lo tanto aceptables para el consumo. En países como Francia hace ya algún tiempo que están puestas en circulación y han tenido buena acogida. Todo esto no tendría inconveniente alguno por parte de casi nadie, pero como yo soy un mal pensado y la experiencia me dice que nada es tan fantástico como lo pintan, ni las grandes compañías son tan generosas como aparentan, lo primero que me viene a la memoria y a la comparación es que los avispados especuladores andan siempre al acecho y la mayoría de las veces con un paso adelantado. Me pregunto si, como ocurrió con el bioetanol, no se pondrá el precio de la patata por las nubes y como siempre el más perjudicado será el más pobre, que basa su dieta en productos como este tubérculo. Ya me las prometía muy felices cuando el bioetanol tomó protagonismo, a mi parecer era algo bueno para los campesinos, el oro verde de los campesinos de todo el mundo, que encontrarían en sus tierras de labranzas una reserva inagotable del nuevo combustible. Iluso de mí, ocurrió todo lo contrario, la especulación puso productos básicos como el maíz o la caña de azúcar y todo lo que produjera azucares y almidón, con lo que se produce el biocombustible, a precios inalcanzables para los más pobres del planeta, e incluso hubo rincones del globo donde esta actitud mezquina provocó falta de alimentos.

Estas cuestiones bien podrían aparentar autenticas banalidades para quienes no tienen con qué alimentarse, poco o nada debe de preocuparle la manera de transportar los alimentos si éstos son inalcanzables para tantas personas en el mundo. Ya conocen mi preocupación por todo lo relativo a Latinoamérica, en especial por los países del istmo, la región centroamericana, donde más de millón y medio de niños menores de cinco años sufren desnutrición crónica, aquí, en esta zona del mundo, existen mil problemas más urgentes que el causado por las bolsas de plástico. Por descontado que no pretendo comparar ni restarle protagonismo a la campaña de las bolsitas en cuestión, todo lo contrario, de igual modo deberían los gobiernos decentes bombardearnos con propaganda, recordándonos a cada momento los niños, las personas, que mueren de hambre en cada momento y en cada rincón del mundo. Porque en esto seguramente coincidiremos todos, necesitamos maltrato sicológico constante, no sólo para concienciarnos, si no para actuar contra el problema. En Guatemala es donde la desnutrición es más acuciante, un 64% del total de niños, esto es 1. 038,128, según cifras de la oficina regional del Programa Mundial de Alimentos (PMA). Honduras, El Salvador y Nicaragua, son los otros tres países centroamericanos con más niños desnutridos, con el 14%, 9% y 8% respectivamente, lo que suma 513,639 menores con desnutrición crónica.

Hace varios días, tras el acoso a la embajada brasileña en la capital hondureña, Tegucigalpa, el depuesto presidente Zelaya se quejaba de que les habían cortado el agua potable, la energía eléctrica y no sé cuantas bondades más, necesitaban víveres para continuar viviendo refugiados en la embajada, tanta gente atrincherada en el edificio, más de 600, habían acabado con los víveres existentes en poco tiempo, razón por la que han tenido que abandonar la embajada más de la mitad de los acompañantes. Supongo que esta experiencia no le vendrá mal al "galopante caballero con sombrero", que debería de saber que aún peor que en sus circunstancias malviven muchas personas en el país que dirigía y del que fue expulsado, muchos barrios, colonias, no sólo de la capital si no de todo el país, viven sin agua corriente y sin electricidad, en míseras chabolas con tejado de zinc y embarrados hasta los dientes cuando llueve, que lo hace con frecuencia. No es que mi posición política esté del lado del dictador Micheletti, mi posición está alejada de los dos, Zelaya me parece un desvergonzado embaucador populista más, y en vez de esconderse como un cobarde y llamar a los ciudadanos a que luchen por él, por su reposición en el poder, debería de enfrentarse con dignidad contra los dictadores. El juego del ratón y el gato, del voy pero me quedo, es de cobardes. De la misma manera que la comunidad internacional se vuelca en defender la legalidad, los derechos de los hondureños, debería de hacerlo no sólo contra el dictador ocupante, también contra el dictador expulsado, que para mi punto de vista representa un peligro para los intereses de Honduras del mismo calibre que Micheletti. Las víctimas son los hondureños, que mientras sus gobernantes juegan a perpetuarse en el poder, los ciudadanos ven cómo cada día que pasa su futuro es más triste e incierto. Zelaya no necesita inventarse ataques con gases, cosa que no se ha demostrado, ni escuadrones israelíes con maquinas para volverlos locos con sus ondas maléficas, ni intentos o tramas de asesinarlo para confundirlo con un suicidio, Zelaya tiene a la comunidad internacional de su parte, no necesita inventarse confusiones. Lo que tiene que hacer es salir de su agujero, dar la cara, y enfrentarse al gobierno dictador con dignidad y por dar fin a este martirio que están sufriendo los hondureños. Si es que realmente le interesa su pueblo.








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viernes, 18 de septiembre de 2009

El esperpéntico secuestro de doña Jacinta


Especialmente, hoy, no es un día de los que el calendario lo señala en color distinto a otro cualquiera, ni en mi agenda tiene una preferencia o marca que me recuerde que no debo de pasar por alto cualquier acontecimiento o celebración, todo normal. Como cualquier otra jornada me levanté temprano, a eso de las 7 de la mañana, me coloqué las zapatillas de deporte y la ropa adecuada, y salí con los auriculares enchufados a la radio del teléfono móvil a caminar varios kilómetros, casi una hora. A veces el trayecto, el mismo de cada día, lo hago sólo caminando y en ocasiones acelero el paso y cubro unos metros corriendo, despacio, hasta que me canso y pienso que correr es de cobardes, y continuó a paso ligero. No soy un deportista consumado, ni me gusta perder un minuto de sueño por levantarme temprano para hacer deporte, pero la glucemia y la presión arterial me aconsejan que no deje de ejercitarme cada día. Cuando regresé a casa hice lo de cada mañana, soy un animal de costumbres, encendí este trasto cibernético en donde escribo y, después de una ducha, desayuné leyendo las noticias de los diarios en Internet, y repasé el correo electrónico; el otro, el convencional, ya casi no se estila. Al buzón no llega otra cosa que no sea publicidad.

Lo normal es que después del desayuno me dirija al taller, el lugar donde cada día me gano mi sustento cumpliendo mi jornada laboral como cualquier currante, pero recordé que debía de pasar por la farmacia antes de nada, a por unos medicamentos para mis achaques, los antes mencionados, un día el medico me dijo que estaba demasiado dulce, casi empalagoso, y que debía de cuidarme un poco más, y como soy egoísta le hice caso, quiero vivir mucho y bien. De camino me tomé la presión, las pulsaciones, el peso corporal... un examen exhaustivo en una de esas maquinas que dan miedo, que introduces un euro y te canta la Traviata, si así lo deseas. Aunque la voz que te indica qué debes hacer en cada momento y qué botón pulsar para cada examen, no es tan relajante como las de las expendedoras de tabaco que dan las gracias al extraer una cajetilla, en este caso era la voz de Constantino Romero, grave, varonil, casi familiar, pero intimida tanto que las pulsaciones, mientras uno está subido a la "Súper-Machine", se disparan y los nervios se acrecientan ante tanta intimidación, por lo que no sé si será muy fiable el resultado del robot en cuestión. En fin, quiero pensar que sí, al menos eso me beneficia, el resultado era positivo, la maquinita "Súper-inteligente" me detalló que estaba como un roble.

El día se presentaba con buena cara, de regreso pasé por mi casa a dejar las medicinas, me pillaba de camino, y cuando fui a desconectar este trasto, que lo dejé encendido porque estaba descargando actualizaciones, vi que había llegado un correo de Amnistía Internacional. Ya lo he comentado en alguna ocasión, siempre que puedo colaboro con las iniciativas que me presentan, normalmente son apoyos a casos internacionales de injusticia, en los que la presión ciudadana de otros países juegan un papel especial, a veces son el único apoyo con el que cuentan las víctimas de estas injusticias en países donde los derechos humanos no tienen ningún valor, otras veces las injusticias también se cometen en países democráticos de igual manera y con sólo una firma de apoyo se consiguen resultados positivos para esas causas injustas o perdidas.

Cuando lo abrí me llevé una grata noticia, los correos de Amnistía Internacional siempre provocan dos sentimientos opuestos, unas veces impotencia por lo que sucede y otras es alegría, por lo resuelto o conseguido. En este caso era la noticia de la liberación de doña Jacinta Francisco Marcial, después de pasar más de tres años en la cárcel por un delito que no cometió. Fue falsamente acusada de secuestro por seis agentes federales en el mercado donde ella y su marido tienen un puesto de agua fría y nieve, o hielo. Fue condenada a 21 años de cárcel. El propio gobierno mexicano ha reconocido que nunca hubo evidencias para el juicio contra doña Jacinta, ni mucho menos la condena. Amnistía Internacional me recordaba en su correo que la liberación de Jacinta nunca hubiera sido posible sin el apoyo de organizaciones cívicas y en defensa de los derechos humanos, pero que el tiempo que ha estado separada de sus seis hijos no debe de quedar en sólo disculpas, si no que podemos y debemos exigir al gobierno mexicano que juzgue a los responsables y que ella reciba la reparación adecuada. Que a pesar de esta alegría no debemos de olvidar que son muchas las personas inocentes encarceladas en todo el mundo, tan sólo por ser pobres, o por no poder defender sus derechos. Como ha sido el caso de Doña Jacinta.

Cuando uno ve la fotografía de esta mujer indígena de 1,50 de estatura y 80 kilos de peso, no se le ocurre pensar otra cosa que los que la acusaron realmente llevaban mala fe. Uno está cansado todos los días de leer en las portadas de los diarios, de escuchar y ver en los noticieros, los sucesos violentos y de injusticia en el querido país hermano mexicano, sinceramente, no me gustaría que fuera así, ni a mí ni a nadie medianamente honrado y de buenos propósitos. Cuando no es el narco-terrorismo es la corrupción policial y judicial, con macabros asesinatos de por medio, y si no son las mujeres desaparecidas en Ciudad Juárez las que ocupan esas portadas, entre otros casos. No se merecen esto los mexicanos.

Jacinta Francisco Marcial es madre de seis hijos, como resalté anteriormente, de una familia indígena ñháñhú, u otomíes, como también son conocidos. Junto a su esposo Guillermo trabaja vendiendo agua fresca y nieves (helados) en su puesto del mercado ambulante de la comunidad indígena de Santiago Mexquititlán. La tarde del domingo 26 de marzo del 2006, Jacinta, veía cómo otros comerciantes discutían y se enfrentaban a los seis AFI (Agencia Federal de Investigación) que pretendían requisar mercancía con el pretexto de que era piratería lo que estaban vendiendo. La buena mujer dejó por unos momentos el puesto de helados y se dirigió a la farmacia, a que le inyectaran un medicamento, y después, al regreso, se acercó al punto de discordia atraída por el revuelo formado. Los comerciantes, artos de que los policías corruptos le requisaran sus productos ilegalmente se enfrentaron a ellos y les pidieron que les enseñaran sus placas, pues iban sin uniforme y sin acreditación alguna, a lo que se negaron los agentes. Fue entonces cuando se revelaron los comerciantes y les rodearon, viendo que la situación se ponía fea, además de tensa, a uno de los jefes policiales se le ocurrió solucionar el entuerto, pagarían los destrozos causados a los vendedores y se olvidaría el asunto. Los comerciantes aceptaron pero pusieron una condición, uno se quedaría retenido en el lugar hasta que los demás compañeros regresaran con el dinero.

Fue en ese justo momento cuando Jacinta se acercó al barullo, al mismo tiempo que el fotógrafo del diario Noticias de Querétaro tomaba unas instantáneas de lo que estaba ocurriendo. La foto salió publicada y ella en tercera o cuarta fila tras lo que acontecía, en actitud pacífica, y sólo mirando. Y esa sola fotografía fue lo que la policía utilizó para acusarla y detenerla del secuestro de seis agentes de élite. La misma fotografía que le sirvió al fiscal para acusarla de secuestro y al juez para condenarla a 21 años sin siquiera escucharla, quizás porque Jacinta apenas hablaba español, sólo otomí, su lengua materna. Ahora, y después de haber pasado más de tres largos años encerrada entre rejas por ser pobre, mujer, indígena, y no poder defenderse, la justicia ha hecho honor a la inocencia de esta mujer, que después de aprender el español en el tiempo que ha estado recluida y la experiencia vivida, dice estar dispuesta a ayudar a los que como a ella, los privan de libertad siendo inocentes.








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viernes, 11 de septiembre de 2009

Vidas coincidentes, vidas opuestas (2ª parte)


Ajena al transcurrir de la existencia de María Sánchez Arbós, la vida de Carmen Castro Cardús se desarrollaba en su ciudad natal, en Huesca. Si uno se imagina el contexto en el que nació y se crió Carmen, jugando a nuestro favor con el conocimiento de por cuales derroteros se fraguó su futuro, las imágenes lógicas que pasarían por la mente es que lo haría en una familia con ideales definidos, bien a la derecha, y con unas influencias directas rondando el fascismo, este sería el contexto supuesto he imaginado, pero nada parecido a la realidad. Lo que demuestra que las ideas de cada uno en nada tienen que ver con las que influyen en el desarrollo familiar, eso sí, es evidente que le llegaron por otro flanco y alejado del contexto familiar. Su vocación religiosa le marcó el camino y, de acuerdo o no, su vida se desarrolló por los causes que las teresianas le guiaron. Existen detalles en su biografía que la hacen parecer un pensamiento distinto al que mostraba y que bien podría haber sido presa o víctima de las circunstancias sociales y políticas que se vivían por aquellos días. Pero también los hay, los detalles, que la representan como un ser frío, insensible, y de fuerte carácter, al menos así es como la imagino, después de lo escrito por el periodista Carlos Fonseca en Las Trece Rosas, donde asegura que dirigía la prisión con manos de hierro. También cuenta Fonseca que "desde el primer momento colaboró con la Quinta Columna organizada por la Falange clandestina de la capital para ayudar a los militares insurrectos". Su contacto en la clandestinidad era el alemán Félix Schlayer, cónsul de Noruega por aquellos días. Esto muestra que no se vio envuelta en esa vorágine de sucesos inesperados y un tanto acelerados como sucedían por entonces, porque fue este contacto clandestino el que en el futuro sería el valedor de sus ascensos, cuatro años más tarde, Schlayer, daría testimonio de los servicios que Carmen había prestado a la causa nacional, cuando trabajaba de funcionaria de prisiones en la cárcel y cada vez que una monja era puesta en libertad avisaba al cónsul de Noruega para que enviara un vehiculo a recogerlas y de esta manera ahorrarles posibles encuentros con milicianos exaltados.

Pero para entender mejor su trayectoria, en lo personal, social, político y profesional, habría que empezar diciendo que fue la tercera de siete hermanos, hijos de un alto funcionario del Ministerio de Hacienda y que tanto su padre como sus hermanos en nada coincidieron con ella políticamente. La familia era de fuertes convicciones religiosas, pero también simpatizantes del partido de Manuel Azaña, Izquierda Republicana. Su hermano Julio Alejandro, dos años mayor que ella, fue uno de tantos españoles exiliados que fueron acogidos en México, curiosamente fue un hombre de gran talento que escribió los guiones, junto al genial Luís Buñuel, y que tuvo mucha culpa de los éxitos obtenidos con los clásicos, Nazarin, Viridiana, Tristana o Simón del desierto. Sobre su vida y buen hacer han escrito novelistas como Antón Castro, Manuel Vicent, Vicente Molina Foix o Román Ledo, por cuya biografía sabemos que el padre de Julio Alejandro, de Carmen Castro, tenía muy buenas relaciones de amistad con los poetas Antonio y Manuel Machado y que su familia pertenecía "a la estirpe de la España lucida", emparentados con el ideario de la Institución Libre de Enseñanza. Tanto Julio Alejandro como Santiago, su hermano mayor, tuvieron de preceptor a Jesús Abad, compañero de María Sánchez Arbós en el claustro de profesores en la Escuela Normal de Huesca, en 1927, el que más tarde sería alcalde de la ciudad y director de la escuela durante la Segunda República. Donde también estudió Carmen dos años, antes de ser matriculada en las Escolapias. En 1915 la familia se trasladó a Madrid por el nuevo destino profesional de su padre.

Para seguir el rastro de Carmen Castro Cardús, Ignacio Martínez de Pisón, busca en distintas direcciones. Por un lado los expedientes en los archivos de la Dirección General de Instituciones Penitenciarias e Histórico Provincial de Huesca, por el otro en los testimonios de su hermana Matilde y de algunas reclusas de aquella época. Después de concluir el bachillerato estudió Farmacia en Madrid y se ordenó teresiana. Fue ésta, la congregación religiosa, la que le marcó instrucciones de matricularse en Huesca en las dos asignaturas que le faltaban para acabar Magisterio, en 1927. Fueron años en los que tuvo que acudir con frecuencia a su ciudad natal, ir y venir desde Madrid, hasta que en 1932 obtuvo el titulo de maestra nacional. Pero durante este tiempo no solo estudió, su dedicación laboral estuvo volcada en la Inspección Farmacéutica Municipal y más tarde como maestra en Villanueva de la Cañada, en la provincia de Madrid, hasta 1935, año en el que ganó unas oposiciones para ingresar de maestra de instrucción primaria en el Cuerpo de Prisiones.

Estalló la guerra y comenzó a trabajar de farmacéutica en el Hospital de la Sangre, organizado en el Instituto Oftálmico por las esposas de Manuel Azaña y Santiago Casares Quiroga, junto a su hermana Matilde y con una jovencita María Casares, que en el futuro llegó a ser una conocida actriz. Más tarde pasó del Hospital de la Sangre a un edificio de la plaza de las Comendadoras habilitado para cárcel de mujeres, como funcionaria de prisiones, y fue aquí donde comenzó a colaborar con la Falange clandestina. Sin embargo, no estaría mucho tiempo esponiendose en la colaboración con los insurrectos, en julio de 1937, y en cuanto se presentó la ocasión, Carmen se pasó a la llamada zona nacional, donde el fascismo se hacía fuerte. Por lo tanto y ante esta actitud, no cabe la posibilidad de que la espiral política la hubiese situado a un lado o al otro, fue ella, su decisión, la que optó por sumarse a los fascistas. A partir de ahí, y hasta el final de la guerra, trabajó sucesivamente y en distintas prisiones de San Sebastián, Saturrarán y Santander, ciudad ésta última donde le fue notificado su nuevo cargo y destino por el jefe del Servicio Nacional de Prisiones, Máximo Cuervo, poco antes de que las tropas franquistas entraran en la capital, la había nombrado directora de la cárcel de Ventas.

Mari Carmen Cuesta fue compañera y convivió con tres de las Trece Rosas en la sección de menores, también menor de edad por entonces, 15 años, y vio cómo una guardiana las despertaba en la madrugada para dirigirlas con las otras diez elegidas, para ser fusiladas, y por testimonios de reclusas como Cuesta, se sabe que Carmen Castro no quiso, se negó, hacer compañía a las trece jóvenes mientras escribían sus cartas de despedida en la capilla de la cárcel. No obstante, la socialista Ángeles García-Madrid, cuenta en su libro Requién por la libertad que su débil corazón difícilmente habría soportado "aquel engendro de justicia" , Carmen Castro no pasaba por un buen momento, su madre había muerto poco tiempo atrás por una bronconeumonía en una residencia de religiosas en Zaragoza, También García-Madrid recuerda unas palabras en relación a dos hermanas que fueron ejecutadas por haber denunciado a un falangista, a lo que dijo al respecto: "Yo misma las he colocado esta mañana en el paredón. Los delitos de sangre hay que ahogarlos en sangre", pero su hermana Matilde la exculpaba, diciendo que fueron las propias fusiladas las que le suplicaron que las acompañara en sus últimos momentos, en los que querían ver una cara amiga. De todas maneras, lo cierto es que no quiso o no pudo mirarles a la cara a aquellas trece chicas que fueron fusiladas y que ni siquiera tramitara las solicitudes para la conmutación de las penas dice a las claras su pensamiento al respecto.

No se tiene por seguro si María Sánchez Arbós ya estaba en Ventas cuando el episodio de las Trece Rosas, a la que llegó reclusa solo por haber pertenecido a la Institución Libre de Enseñanza, a la que los fascistas nacionales la habían declarado como opuesta al Movimiento, por sus notorias actuaciones contra el nuevo régimen. Lo cierto es que Carmen Castro quedó impresionada cuando vio a aquella mujer de su valía y la labor que había hecho durante toda su vida. Parece ser que la carcelera le propuso a su antigua profesora convertirse en reclusa de su confianza, para hacerle más liviana la estancia en la cárcel, pero rechazó el ofrecimiento, le dijo que si quería hacer algo por ella, a cambio, le pidió que habilitara una zona en la cárcel para las mujeres que vivían con hijos pequeños y que se convirtiera la sección de menores en una escuela para las presas jóvenes, y aceptó, y la propia María, ayudada por Rafaelita, una reclusa también maestra, se encargó de dirigir la que llamó Escuela de Santa María.

En 1941 fue absuelta por un tribunal militar, pero también expulsada del magisterio, y no fue rehabilitada hasta 1952, al parecer gracias a las gestiones de un hombre cercano al régimen y a cuyo hijo daba clases particulares. María Sánchez Arbós murió en 1976, en Madrid, con 86 años de edad. Respecto a Carmen Castro Cardús, fue nombrada inspectora central de prisiones, en 1940, y 8 años más tarde murió, con 38 años, cuando era responsable de la Sección de Redención de Penas por el Esfuerzo Intelectual.










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viernes, 4 de septiembre de 2009

Vidas coincidentes, vidas opuestas (Iª parte)


No pretendía continuar con el episodio de las Trece Rosas, y de hecho no lo haré. Aún así, y sin pretenderlo, la casualidad parece como si quisiera lo contrario, por lo que no me he opuesto al caprichoso destino. El de las trece jóvenes fusiladas en la posguerra sólo por haber pertenecido afiliadas a las juventudes socialistas, salvo una, la única casada y madre de un niño pequeño, cuyo delito fue ayudar económicamente a un compañero de trabajo simpatizante de la República, no fue el único acontecimiento llamativo que sucedió en la prisión de mujeres. Uno se imagina aquella cárcel, la de Ventas, donde se amontonaban más de 10.000 reclusas en el verano de 1939, con problemas de falta de higiene, insalubridad, mala alimentación, enfermedades... y no se ocurre pensar en otra cosa que en lo más parecido a un infierno. Nada comparable con lo que se pretendía cuando se inauguró en 1933, al ponerse en marcha el plan de modernización penitenciaria del gobierno republicano, que no buscaba otro fin que el de la reinserción social de las reclusas, y que tanto tuvo que ver en el intento de renovación la malagueña Victoria Kent. La capacidad máxima del centro estaba pensada para acoger a 450 personas, cada una de ellas en una celda individual, y terminó en un hacinamiento imposible de imaginar seis años después. Cada una de aquellas mujeres que pasaron por la prisión llevaba consigo una vida, unos sueños, frustraciones y esperanzas rotas, que en la mayoría de los casos no podremos recuperar su historia para hacerles justicia, sólo imaginarnos lo que suponía cada una de ellas pero sin llegar nunca a la realidad. Fue un cruce de caminos, de injusticias, donde convergieron vidas paralelas y opuestas. El destino, siempre burlón, irrespetuoso, las hizo coincidir en diferentes situaciones, oprimidas las más y en opresoras las elegidas, quizás la providencia las puso a prueba y la historia las clasificó a cada una con la justicia del tiempo, la más severa y equitativa.

Les seré sincero si les digo que sobre las Trece Rosas tenía un concepto hecho desde hace algunos años, conocía su historia sin entrar en detalles, pero siempre me pareció uno de los episodios más crueles, o al menos de los más llamativos, de cuanto sucedió en la posguerra de la contienda española del 36. Sin embargo, sobre la historia coincidente de estas dos mujeres con vidas opuestas no tenía ningún conocimiento, hasta que hace cuatro años leí un reportaje en el País Semanal que me atrajo sobre manera, "Historia de dos maestras" por Ignacio Martínez Pisón, me hizo recapacitar y pensar sobre la caprichosa existencia del ser humano, para el que el futuro sólo es lo que le apetezcan a las circunstancias influyentes, o como dirían algunos, lo que provoca el efecto mariposa. Tal vez tendrían más puntos en común de lo que en principio aparentan sus trayectorias, opuestas, eso sí, pero también coincidentes. El destino las puso enfrentadas, en distinto bando, cuando lo más lógico hubiera sido lo contrario, si se hubieran podido imaginar las circunstancias algunos años antes, cuando una era profesora y la otra, 20 años más joven, alumna en el mismo colegio. Doña María Sánchez Arbós es una de las vidas ejemplares de este país, toda una vida volcada en los valores fundamentales en la enseñanza, basados en la tolerancia, la fe en el progreso y el respeto a la libertad. En cambio, la alumna aventajada, Carmen Castro Cardús, ha quedado en la historia un tanto maltrecha y a la sombra siempre de quien fue luz de humanidad en tiempos difíciles. La historia, como a Judas, le dio el papel protagonista menos agradable, escogió el más fácil y ventajoso de todos cuantos la providencia le ofreció y no le sirvió de mucho.

51 años fueron los que María Sánchez Arbós dedicó a la enseñanza, en concreto a la escuela primaria, toda una vida al servicio de la educación. Sus inicios en la docencia se dieron en la escuela de párvulos del ayuntamiento de Zaragoza, recién terminada la carrera de magisterio. En 1913 sufriría su primera decepción cuando la directora de la escuela de La Granja, en la que obtuvo una plaza como maestra del estado, le prohibió dar clases a sus alumnas en la pradera cercana a la escuela. Pero en su biografía existe una fecha que marcó su trayectoria profesional y humana, fue en Madrid, una tarde del septiembre de 1915, cuando se encontró con una antigua amiga de estudios y ésta la llevó a asistir a una conferencia que le cambió la vida. El lugar era el Museo Pedagógico y el conferenciante Manuel Bartolomé Cossío. Sin lugar a dudas fue como encontrarse con su pensamiento, con la idea concebida que María tenía sobre la enseñanza, lo que Cossío propugnaba era lo mismo que ella siempre había soñado. Una escuela donde los niños disfrutaran aprendiendo, donde tuvieran todas las comodidades y donde los maestros se sintieran amigos de los alumnos y orgullosos de poder enseñarles. La relación entre profesor y alumno era uno de los pilares donde se aguantaba la reforma educativa promovida por la Institución Libre de Enseñanza, de la que el conferenciante era su máximo representante. Desde aquella tarde significativa su vida quedó estrechamente enlazada a la institución o a otras entidades dependientes de ella: la Escuela Superior de Magisterio, donde estudió tres años, desde 1916 a 1919; la Residencia de Señoritas, a la que pudo acceder gracias a una modesta beca; al Instituto-Escuela, donde desarrolló sus prácticas. Pero su vida personal no fue ajena ni la alejó de la Institución, todo lo contrario, su matrimonio con Manuel Ontañón, hijo de un conocido profesor, no hizo otra cosa que fortalecer el vínculo existente. El mismo año en el que contrae matrimonio, María obtiene una plaza de profesora en la Escuela Normal de La Laguna, y seis años más tarde, en 1926, se traslada a su ciudad natal con una plaza de las mismas características que la anterior. Algunos cambios eran notorios desde que ella estudió en la Escuela Normal de Huesca, el principal era el cambio de domicilio, la escuela había dejado atrás el convento de Santa Rosa para trasladarse a la calle Padre Huesca, fue aquí, en este nuevo enclave, donde coincidió por primera vez con la que en el futuro sería su carcelera, Carmen Castro Cardús.

Al año siguiente, y después de concluir el siguiente curso, 1927-1928, Sánchez Arbós, deja su ciudad y decide regresar a Madrid, donde consigue aprobar unas oposiciones a la dirección de grupos escolares. Pareciera como que estuviera predestinado y curiosamente fue el centro Francisco Giner de los Ríos, de reciente creación, el que recibe como primer destino de directora, el nombre del fundador de la Institución Libre de Enseñanza. El centro educativo se inauguró el 14 de abril de 1933 con la presencia del presidente de la República. Su actividad y las ganas de trabajar por la enseñanza y los niños la llevan a dar comienzo a un buen puñado de ideas como la creación de una asociación de padres, algo que parece imposible de plantearse en aquellas fechas y contexto, consigue la instalación de duchas y cantina para los alumnos en el centro y batalló contra la Inspección para que ningún niño del barrio se quedara sin clases, apretando al máximo el horario. Pero la alargada sombra planeaba siniestramente sobre el futuro más inmediato de los españoles, de las ilusiones puestas en una República joven, con las mejores intenciones sociales pero también con la inexperiencia y la débil consistencia política, no tardaron mucho en aguar las esperanzas de una sociedad privada de casi de todo, de necesidades y carencias, un terreno abonado para sembrar el miedo, el terror, y aprovecharse de las circunstancias. Fue entonces cuando, los fascistas españoles, apoyados por sus iguales europeos, se rebelaron contra el gobierno establecido democráticamente y, los que no consiguieron ni un solo escaño en las elecciones anteriores al parlamento español, los falangistas, se adueñaron y robaron el país, con la violencia y el terror por bandera. Pero María continuó al frente del grupo escolar que dirigía, aún exponiéndose junto a sus alumnos a las bombas de los fascistas que trataban de apoderarse de la plaza madrileña sin escrúpulos ni miramiento alguno por las víctimas civiles que pudieran ocasionar.

María Sánchez Arbós siempre llevaba un diario desde el primer día que comenzó a enseñar, "Mi Diario", del que sólo se hicieron 100 ejemplares, costeados de su propio bolsillo y publicado en México, en 1961, cuando ya era anciana y apartada de la docencia. Por él sabemos que el 8 de noviembre de 1936, año del alzamiento fascista, una bomba cayó sobre uno de los torreones de la escuela y obligó a abandonarla a profesores y alumnos. Pocos días después la escuela pasa a manos de la columna Durruti, donde se instalaron, ocupándola literalmente. Tristemente abatida, María regresa varios días más tarde al centro, a rescatar su diario, un retrato de don Francisco Ginér de los Ríos y las llaves de la escuela. No reanudaría su diario hasta 1945, en el que escribe: "Mi escuela ha sido deshecha, los niños disueltos... yo encarcelada. ¿Razón? No he podido averiguarla todavía".








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